¡SÁLVESE QUIEN PUEDA!

Tal y como está el ambiente de los guateques, de una peligrosa crispación, no se sabe si es mejor que te inviten a una fiesta o encomendarte a los poderes del más allá para que no se acuerden de ti. Los saraos planteados en una pantalla de cine en las últimas producciones que abordan este asunto están siendo de todo menos amables. Una vez destituido el protocolo de bienvenida y traspasada la frontera de saludos cordiales y postureo fingido, la primera y mínima provocación enciende el pebetero y la gente se lanza a la yugular a vengar la ofensa recibida.

'The party', lo último de la realizadora Sally Porter (Orlando, 1992) viene por estos derroteros. Mejor quedar a cubierto por si acaso. Lo digo porque la película se inicia a lo bestia, a bocajarro. Kristin Scott Thomas interpreta a Janet. En el primer plano del largometraje abre la puerta de su casa con gesto airado y mirada incisiva. Sin mediar palabra alguna apunta a la cámara con una pistola. El cañón va dirigido a nosotros, los espectadores, que asumimos del personaje que está fuera de campo. Corte a negro. Se superpone el título de la película The party. En nada piensas por qué de la ferocidad de Janet. Qué ha pasado para estar tan rabiosa y violenta. Menudo arranque. Sin preámbulo pasamos a la acción. Vamos allá. A ver qué nos depara tan sugerente invitación.

Janet acaba de ser ascendida a ministra de sanidad e invita a sus amigos más allegados a un convite en su casa. Estos van llegando por turnos, lo que da pie a leves roces dialécticos sin consecuencias. El fragor de la batalla se inicia cuando todos los beligerantes se encuentran sobre el escenario. No en balde 'The party' es una pieza de cámara de un solo acto. Y la narración, el tiempo fílmico, se corresponde con el tiempo real, que es lo que dura el discurso. Todo ello envuelto en una estética de blanco y negro, recurso de estilo para acentuar el sombrío tono de una ceremonia que comienza con felicitaciones y se precipita hacia el drama agitado.

Nadie está a salvo. La reunión adquiere tintes grotescos en cuanto las máscaras del fingimiento caen al suelo. El efecto placebo se aniquila cuando el primer dardo envenenado alcanza a su víctima. En el salón, en el wáter y en el jardín se dirimen picajosas observaciones que ninguno tiene el ánimo de calmar. Las puyas, venganzas, secretos, infidelidades, viejas alianzas amorosas, el lebianismo, se desatan y el retrato resultante queda iracundo y desgarrado.

El grupo, como plan de amigos, queda hecho jirones. Parece como si esperasen una celebración para ajustar cuentas, algunas del pasado y otras del presente. No hay tregua e incluso los puñetazos alcanzan algún rostro. Pese al pedigrí de su intelecto, a la hora de repartir estopa, todos se expresan con su mejores armas. Esta situación bufonesca y más propia de los arrabales es utilizada por Sally Porter para construir un irónico vodevil, repleto de sarcasmo, que satiriza el comportamiento engreído de un puñado de personajes altivos en estado de shock cuando su aparente equilibro se desmorona por su inesperada frivolidad.

Las apariencias engañan y justo cuando las formalidades pasan a un segundo plano los contrincantes se decantan por esa afición social de despellejarse sin miramientos ni coartadas. La fachada queda al descubierto y la bronca, atiborrada de acusaciones y quisquillosos recordatorios, vulgariza y satiriza los educados talantes. La fiesta se convierte en una hoguera de vanidades, desprecios, ojerizas, enredos sentimentales, mentiras y dudas.

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