ME SABE A HUMO

JONÁS SAINZ - CRÍTICA DE TEATRO

Las autoridades sanitarias advierten que fumar mata. A pesar de ello y de llevar limpio media vida, yo he recaído más feliz que una chimenea vieja. Durante años me sentí preso de una monjil abstinencia autoimpuesta y ahora encender un pitillo me parece un pequeño acto subversivo. Ya sé, ya sé; se empieza así y se termina vistiendo de amarillo chillón en la final de la Copa. Al menos yo nunca llegaré a mangar potingues antiarrugas en el súper. O eso creo. Uno todavía tiene dignidad; con olor a humo y esa tosecilla tan fea por las mañanas, pero dignidad a fin de cuentas. Es algo que tiene que ver con la libertad: eres tú quien decide y tú solito cargas con las consecuencias. De eso va 'Smoking room', de tener el valor de elegir libremente o de cagarse en los pantalones.

Pasé un buen rato con otro prometedor fumador viendo esta fábula sobre el individualismo y el miedo, pero me acabó decepcionando como un cigarro electrónico a un carretero. La versión teatral de aquella película de producción modesta y resultado sorprendente, asfixiante al estilo Casavettes -el bueno de Johnny sí que fumaba y sabía exprimir las situaciones y los personajes-, no termina de funcionar más allá del estupendo trabajo actoral de sus seis intérpretes.

Quince años después, ahora sin Julio Walovits, su socio de entonces, Roger Gual ha dado el raro salto a la inversa de lo habitual de llevar a las tablas un éxito de la pantalla. El intento es igual de valiente y personal que el original, un 'comeback', como él mismo lo llama utilizando el término de las viejas bandas de rock que vuelven a la carretera por deudas con las clínicas de desintoxicación. Pero algo falla. Me sabe a humo, como cantaban los Chunguitos en clave nihilista.

Aquella historia cinematográfica que se hizo de culto no ha cambiado: un conato de revuelta en la oficina por la prohibición de fumar sirve para ofrecer una panorámica de las relaciones humanas en el mundo de la empresa erigida en neoselva. «Los hombres antes solo tenían que salir a cazar», se lamenta uno de los personajes, pero, con traje y corbata en lugar de taparrabos, la esencia es la misma: en la lucha por la supervivencia no hay amigos. Llegar a lo alto de la cadena alimenticia y erigirse en macho alfa de la manada es el objetivo. La única ley, la del más fuerte y vil.

La fauna de esta jungla desvela las ruindades y temores habituales de los ecosistemas laborales para evidenciar que casi todos cumplimos el doble papel de depredador y presa en las fauces de una fiera mayor. Armero (Manuel Morón) es un león viejo acechado por el arribista Sotomayor (Pepe Ocio). Fernández (Manolo Solo) es la víbora que todo lo envenena y Rubio (Secun de la Rosa), una hiena a la espera de alguna carroña. Enrique (Edu Soto) sería un mono gracioso si no estuviera loco de remate. Y Ramírez (Miki Esparbé), la gacela propiciatoria. El trabajo de los seis sabe a tabaco del bueno, aunque las escenas, casi siempre solo entre dos, los diálogos excesivamente reiterativos y elípticos y el peso irregular de los personajes simplifican demasiado la fábula. Y el placer se desvanece como el aroma de un cigarrillo ajeno. A final únicamente quedan cenizas y una colilla chupada. El resto, como cuenta Paul Auster en 'Smoke', pesa tanto como el humo.

Fumar mata, lo sé, pero más mata la vida y las autoridades sanitarias no hacen nada al respecto.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos