LA ROSA DE LOS VIENTOS DE OLARTE

CRÍTICA DE ARTE ALBERTO PIZARRO

El día 28 de enero, mucho tralalá de artistas, galeristas, autoridades y aficionados en la Galería Martínez Glera para brindar por la escultura. Brindemos y recordemos.

Como casi todo el arte antiguo resultó de encargos de reyes y autoridades religiosas, y en la actualidad los mecenazgos provienen en su mayoría de entidades públicas, es especialmente grato reseñar que Masa, empresa privada de mecanizaciones aeronáuticas, se ha convertido en el Cayo Cilnio Mecenas de José Antonio Olarte, al darle la oportunidad de anclar 'Suelo de Ícaro' en la rotonda del Polígono el Sequero, una estructura de hierro de ocho metros de altura y alas delta de titanio, en la que, dada su complejidad, han tenido que colaborar ingenieros y arquitectos. He demorado la reseña - 'el orgasmo de la primicia', hubiera dicho mi admirado García Márquez- a resultas de lo perentorio de otras exposiciones efímeras que había que comentar.

Que la industria privada asuma el mecenazgo de proyectos públicos resulta tan laudable como excepcional. De ahí que la política urbanística de los ayuntamientos, en aras de acercar el arte a los ciudadanos, pase por apoyar a los artistas autonómicos, y, en consecuencia, que algunos creadores no tengan que acabar dedicándose a otra profesión, dada la endeblez del mercado del arte.

Buen ejemplo del patrocinio público es la escultura '42,195' -referencia numérica a la distancia de una maratón-, sita en la urbanización del polideportivo Adarraga, zona donde se funden urbanismo, paisaje natural, espacios deportivos y arte.

Otro tanto cabe decir de las 'Naves de paso', ubicada en la entrada oeste de Logroño, a modo de puerta de una ciudad que acoge alborozadamente a quienes llegan o despide afablemente a los que se van.

'Reflexión 40.756', instalada en Ventosa, al borde del Camino de Santiago, es una pieza desde la que se visualiza una panorámica privilegiada, un punto que viene a corresponder a los kilómetros de diámetro que tiene nuestro planeta .El vacío se convierte en parte de la obra, en una nada habitada de plenitud espiritual.

Esas cuatro grandes obras, puntos cardinales del quehacer de Olarte, no deben hacernos olvidar otras más pequeñas -como 'En busca de un sueño', las vieiras del Camino de Santiago, etc.- porque el conjunto conforma la rosa de los vientos de su producción artística. Esculturas en diferentes formatos y materiales que tratan de humanizar su dura apariencia para extraer un mensaje personal. Lo propio de un artista, tan inspirado como modesto, incansable cuando de arrostrar retos se trata, siempre replanteándose las cosas, comprometido con una aportación honesta e individual frente a lo estandarizado y lo condicionado por la tecnología.

La asunción de que el arte debe ser transgresor y cuestionar su propio lenguaje, que es importante valorar y conservar el patrimonio del pasado, le insta a plantearnos que si no damos una oportunidad a los artistas del presente, ¿qué quedará de este tiempo en el futuro?

¡Vengan, pues, más mecenas privados!

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