LA ROSA

«¿Quién puede cuestionar a tantos hombres y mujeres de buena voluntad que dan su vida por sus hijos, por un mundo más justo, proque no falte a nadie el pan, la casa, la alegría, el trabajo que enaltece su inalienable dignidad? ¿Quién puede preguntar por qué lo hacen?»

IGLESIA

Una rosa siempre llama la atención, siempre atrae, provoca al que la ve y hasta le obliga, a pesar de la prisa, a pararse un momento. Es un regalo, un don inmerecido, que se ofrece gratuita, hermosamente al olfato, a los ojos. Contemplarla y olerla, si es posible, nos remonta al edén que un día fuimos y al que buscamos siempre.

Una rosa no pide explicaciones, no pregunta, no pide contraseñas, carnets sentimentales, ideológicos. No conoce fronteras nacionales. Y su idioma es común, universal: el del gesto, la mímica sencilla del darse toda a todos y del darse sin límites.

¿Hay ofrenda mejor, hay ofertorio tan claro como el suyo? Desde antes de nacer su vida es darse. Y a fe que se da bien y que hermosea las horas cotidianas con su esperanza abierta y la apostura erguida de su talle. Desde antes de nacer y en su despliegue se otorga intensamente y sin reserva hasta la hora serena del ocaso, hasta su último instante.

Un rosa no exige recompensa. Le basta con donarse sin saberse, con ser, ser para todos. Su natural entrega sobrecoge. Que no tiene enemigos, no alimenta violencias ni rencores. No se siente ofendida si la cortan para unos esponsales o para despedir a un ser querido que se fue de repente.

No elige nunca el sitio. Que se deja plantar en huertos, campos, balcones o jardines. Que brota al aire libre en cualquier parte, con esa libertad que no comercia, sino que sirve gratis.

«La rosa es sin porqué», decía Silesius (1624-1677), desmarcándose de la lógica al uso, sugiriéndonos que lo más esencial -el ser, la vida, la generosidad, bondad, belleza, cada persona humana- son, somos un regalo inigualable que agradecer, cuidar.

La rosa es sin porqué: lo más sencillo es lo más misterioso. Y aquello que más vale se da gratis, incondicionalmente, sin tasa o precio alguno. ¿Alguien puede comprar una sonrisa? ¿Alguien tiene derechos adquiridos para venir al mundo?

¿Quién puede cuestionar a tantos hombres y mujeres de buena voluntad que dan la vida cada día por sus hijos, por un mundo más justo, porque no falte a nadie el pan, la casa, la alegría, el trabajo que enaltece su inalienable dignidad? ¿Quién puede preguntar por qué lo hacen?

¿Alguien podría pedir cuentas a Dios y preguntarle por qué nos ama tanto, por qué envía a su Hijo a dar la vida por todos y cada uno de nosotros por puro y solo amor?

Las rosas acompañan nuestra vida. Lo hacen esperanzándola. Que nos sonríen siempre, a pesar de las espinas. Porque espinas existen. Y coronas de espinas, como la que rasgó la frente más divina y humana y bondadosa que ha pensado esta tierra y la ha querido, la que aromó de amor el sufrimiento de aquel Calvario injusto, de todos los calvarios injustos que aún existen.

Las rosas vuelven siempre. Se van, mas vuelven siempre. Que no abandonan nunca del todo el suelo humano. Que son un testimonio de ese Dios que es amor sencillamente, sin que tenga que dar explicaciones.

Lo evocaba en sus versos José María Valverde: «Voy contando mis años por relevos de rosas. / De rosas repetidas, de eternidad de rosas / que me animan diciéndome que el Señor sigue en pie».

Gracias, rosa, por ser, darte como eres. Gracias, hermanos todos, por ser, ser como sois. Gracias, Padre, por ser, amar así.

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