REGALOS

CARLOS SANTAMARÍA - ANECDOTARIO

Hace poco me regalaron un jamón. «Acerca el coche», me ordenaron de manera inesperada al finalizar un acto en el que había colaborado, y entonces aparecieron con un jamón para mí. A lo largo de mis años en el mundo de la comunicación siempre que ha sido posible he echado una mano en las causas benéficas en las que se me ha requerido; La Rioja es pequeña y hay que ayudar a los que no tienen presupuesto si sus fines son justos. Algunas veces, al acabar el evento y bajar del escenario me he ido a casa con vino, décimos de lotería, placas con mi nombre o fotos enmarcadas, pero nunca me habían dado un jamón. Durante días lo he tenido sobre la mesa del salón de casa, no sé muy bien por qué, supongo que quería contemplarlo. Pasaba junto a él y ahí estaba ese espléndido jamón, altivo e indiferente, tumbado sobre la mesa con la indolencia con la que los lagartos toman el sol en verano. El sábado lo llevé a que lo lonchearan y ahora se ha quedado un hueco raro en la mesa, una silueta de cadáver pintada en tiza invisible al lado de la bandejita de las manzanas Fuji.

El obsequio de agradecimiento a mí siempre me sonroja un poco; me dan la botella de vino o la caja con tomates y yo pienso en esa escena de 'El Padrino' en la que Connie Corleone regala una caja de dulces canolli al padrino, Don Antobello. Los canolli, por supuesto, están llenos de veneno y acaban matando al capo.

Junto a mi jamón, y a la espera de recibirlo en ricas y brillantes lonchas, recuerdo otro obsequio llamativo. Lo obtuve después de presentar una interminable gala benéfica que organizaba una gran ONG. Al acabar me fui detrás del telón y mientras me aflojaba el nudo de la corbata vi acercarse lentamente al presidente de la entidad. Con el gesto solemne de un emperador romano me dijo:

- Estamos muy agradecidos por todo lo que has hecho y queremos darte un detalle.

- No hace falta, de verdad, no es necesario, le respondí.

- Ya, pero es de justicia reconocerte tu tiempo y tu dedicación. Toma.

Entonces extendió el brazo y abrió la mano. Me dio un bolígrafo de su millonaria institución.

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