¿QUÉ NOS PUEDE LIBRAR DE LO QUE NOS VIENE ENCIMA?

Un momento del pleno donde se aprobó la ley de referéndum. :: efe/
Un momento del pleno donde se aprobó la ley de referéndum. :: efe

¿Quién o qué puede hacer que personas así cambien? Yo confieso que estoy muy preocupado por lo que está pasando y por lo que podría acabar pasando

IGLESIA

Me refiero a lo de Cataluña. Y no voy a hablar de política, ni de sociología baratas. De lo primero no he hablado nunca, aunque a alguno le haya parecido así. De lo segundo no entiendo gran cosa.

A lo de Cataluña le voy a dar una perspectiva nueva, la mía, la que la mayoría de mis lectores esperan y buscan. Voy a partir para ello de una constatación que hace cualquiera, sin necesidad de ser un Premio Nobel para ello: la cosa es muy gorda, muy grave, y pinta muy mal. Y para muestra basta un botón: la andanada que le soltó el presidente de la Generalitat al Cardenal de Barcelona nada más acabar la misa en la Sagrada Familia por las víctimas y sus familiares. Todos oímos lo que dijo nuestro entrañable Omella Omella, unidad, perdón, concordia y buen ánimo para entenderse. Pero para muchos - como el señor Pigdemont - eso es sencillamente una actitud demencial.

¿Quién o qué puede hacer que personas así cambien? Yo confieso públicamente que estoy muy preocupado por lo que está pasando y por lo que podría acabar pasando. Y yo no puedo hacer nada para remediarlo, esto es, no tengo ningún medio, ninguna posibilidad, de ponerle freno, si nos atenemos a los medios al uso. No pinto nada en lo que hace a las leyes, a la judicatura, a la administración. Y como yo, la práctica totalidad de la población. Nos hemos convertido en meros espectadores.

Pero sí hay algo que yo puedo hacer. Más aún, que yo hago y que vengo haciendo siempre. Y lo hago desde la convicción de que el corazón del hombre, el corazón por dentro, solamente lo puede cambiar Dios, creador y a cuya imagen hemos sido hechos. Yo creo en esto y estoy en mi derecho a creerlo. Y exijo ser respetado en esta creencia como yo respeto la contraria, la de aquellos que no creen en nada.

Pero esto no acaba aquí. Sé, y me consta, que son miles y miles las personas que creen lo mismo que yo: que la oración no es algo propio de gente infantilizada o sentimentaloide. Es algo propio de hombres con la cabeza bien amueblada y de mujeres con la cabeza asimismo bien amueblada. Que rezan cuando las cosas no van bien y cuando las cosas sí van bien. Que saben pedir a Dios y saben dar gracias a Dios. Que saben alabar a Dios como lo alaba el bosque del Rajao o los corzos que saltan de alegría en el Serradero.

Quiero hacer una llamada a todos aquellos y aquellas que saben orar y que confían en el valor de la oración. Vamos a pedir a Dios algo vital, algo constructivo, positivo y estimulante: que penetre dentro de los corazones de los que mandan, de los que disponen de los destinos de los pueblos y de las gentes; que no nos traten ni nos usen como marionetas para sus intereses. Vamos a pedir al Señor que les cambie la cabeza y el corazón para que busquen siempre el bien del pueblo, solamente el bien del pueblo y nada más que el bien del pueblo.

No hace falta salir a la calle. Basta el silencio de una iglesia, de la propia casa, del corazón de cada uno. Y me voy a atrever a algo más: a pedirle a la Virgen, la Madre de Dios, me da igual en su advocación de Valvanera que en su advocación de la Moreneta, que nos mire a todos sus hijos, con esa mirada que solo las madres saben tener. Esta es parte de la solución que yo propongo. Y me gustaría que la consideraran.

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