UN PORRÓN POR UN DETALLE

CRÍTICA DE ARTE - ALBERTO PIZARRO

El tristón principiar del mes de noviembre nos lo suelen alegrar los taurinos. El día 1 Herraíz inauguró exposición en Ibercaja, de San Antón. El día 3 la Peña 21 entregó su 'Porrón de plata' al peón de brega Valdeoro, por un detalle en la lidia; en acto marcado por la solemnidad y el gracejo de su presidente, el ánimo facundo de sus socios y la ausencia de políticos cúpula (qué plebeyez mitómana la suya: se pegan cual ladillas cuando es un famoso el homenajeado y no acuden cuando es un modesto). Y durante todo el mes los falderos de inclinación ineluctable (toreros a su manera) celebrando a su pérfido patrón, Don Juan Tenorio.

La exposición 'Apuntes', de Herráiz, me hace barruntar que tiene algo de despedida, pues los cuadros están pintados hace años. Hoy su pulso es otro, lo que no quita para que pueda tener una larga vida libre de achaques y pródiga en tentaderos y estancias en callejones; algo que le deseo de todo corazón. La componen gouaches, dibujos a tinta coloreados y algún óleo; que recrean lances de plaza, escenas camperas, capeas y pintoresquismos varios. Dibujante de excelente gusto y extrema facilidad, tuvo su cénit en los años 80-90. De ahí que a estas alturas resulte inoperante analizar su obra en lo concerniente a composición (materia, línea, modelado, perspectiva, color y luz), o señalar las carencias que le han impedido alcanzar las cotas cimeras de Roberto Domingo, Ruano Llopis o García Campos, maestros del género.

Pocas veces tiene uno la oportunidad de escribir acerca de las artes decorativas exentas (orfebrería y cristal, entre otras), a las que pertenece el Porrón de plata, obra del riojano Roberto Pinillos. El que esté tallado como si de una escultura se tratase y ornamentado con platería lo convierten en pieza codiciable. Por eso no creo que, salvo en casos excepcionales, vaya a ser utilizado para el uso consuetudinario. Hay varios ejemplares en vitrinas de cortijos o suntuosos pisos -como los de Chopera, El Viti o Victorino- y también en las de las más modestas casas del peonaje.

El porrón, pariente ido a más del modesto botijo (¡qué pocos toreros lo llevan ya a la plaza!), tiene unas evocaciones fálicas que hace recelar a las señoras de su utilización en público. Resulta muy apto para quienes les gusta componer la figura e interrumpir el chorrito con el ademán chulesco de «ahí queda eso». Y es pieza imprescindible en merendero, bodega y casa rústica que se precien, pues al pasar de mano en mano propicia el amistar.

¿En qué casos excepcionales? Cuando el poseedor organice una fiesta, colofón de la temporada triunfal; o quiera agasajar a una dama resistente; o se entregue a meditar acerca de la oscuridad de la que procede y a la que se encamina el ser humano. No hay 'luz' más sugeridora que la del vino a través de un porrón; con sus destellos de amatista, de piedra preciosa, de color de las paredes del corazón. Si bien para tan trascendente efecto ha de ser vino de Rioja... Aunque con Ribera del Duero también se logra. Especialmente en noviembre.

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