PONERLE NOMBRE

CARLOS SANTAMARÍA

Desde este mes de diciembre las grandes borrascas vienen todas con su nombre. Primero tuvimos a Ana y ahora ha llegado Bruno. Después -aún nadie sabe cuándo- recibiremos a Carmen, y luego vendrán David y Emma y Félix, que todavía no son más que jirones de viento deslavazado, nombres flotando en círculos en el aire del Atlántico. Estamos como esas parejas de enamorados que, tumbados en la cama, miran al techo de la habitación y escogen alegremente los nombres de sus hijos del futuro; nosotros igual, esas borrascas no existen pero ya son, y cuando lleguen a las costas de Galicia sabremos cómo llamarlas. Así lo han acordado las agencias meteorológicas de Francia, España y Portugal porque, según la portavoz de Aemet Ana Casals, «la población está más atenta a los avisos y recomendaciones de seguridad cuando van asociados a un nombre».

Le pones un nombre a algo y al instante adquiere personalidad, es como el pergamino escrito que se mete en la boca de barro de un Golem para que cobre vida. Así pasa con los nombres, que insuflan vida, dan identidad, carácter. En 1949 B.B. King decidió llamar 'Lucille' a su vieja y desgastada guitarra y así siguió haciéndolo con todas las que tuvo hasta el final de sus días; era el mismo nombre porque quería el mismo sonido, la misma voz. Cuando nos visitó el cometa C/1996 B2 no le hicimos caso hasta que no tuvo un nombre de verdad. Finalmente lo llamaron "el Cometa Hyakutake", entonces dejó de ser una cosa incomprensible y ya pudimos otear el horizonte como quien busca a un amigo que llega a la estación de tren.

Todo lo que tiene nombre se hace un hueco en nuestra mente y pervive en la memoria. El nombre del momento es el de un lugar, Tabarnia, que trae ecos de país de fantasía, como de Narnia o de Oz. Tabarnia es una ironía, pero es una broma muy seria porque es el espejo deformado donde los independentistas ven el reflejo de sus propias majaderías. Parece una chifladura pero en España hace tiempo que todo es un esperpento, y al darle un nombre a la idea hemos puesto en marcha al Golem. Nadie sabe hacia dónde irán sus pasos, pero el gigante de barro ha empezado a caminar.

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