MAL PLAN

JONÁS SAINZ

Hay teatro realista que produce escalofríos y no por su naturalidad ni por su calidad dramática, sino porque contribuye a la confusión o algo peor. Cuando eso ocurre con cuestiones como la violencia machista en las que la sociedad debería ser estrictamente clara me produce pánico. De acuerdo en visibilizar el problema, reflexionar sobre ello y debatirlo públicamente. Todo eso es realmente necesario, porque precisamente la dominación masculina y la victimización femenina es algo tan arraigado que hombres y mujeres casi lo asumimos inconscientemente como costumbre inveterada. De hecho para romper esa tendencia y procurar la justa igualdad es muy necesario perseguir no solo los casos de violencia física o psicológica, sino cualquier conducta de abuso machista. Y digo machista, no de género, porque la enfermedad es el machismo. Muy de acuerdo, pues, en exponerlo y tratarlo también en el teatro. Pero si la intención es ponerse en la piel del maltratador, mostrarlo tan humano como lo somos todos hasta que nos sale el monstruo, empatizar con él y tratar de comprender sus motivos y su desesperación, si se flirtea con circunstancias atenuantes y enajenaciones límbicas, se corre el riesgo de caer en una equívoca compasión. Mal plan, muy mal plan.

Quizás sea la mía una visión radical de la cuestión -de absoluta intolerancia-, pero 'El plan' de Ignasi Vidal me ofendió. Ni siquiera aborda el problema abiertamente sino que lo oculta hasta el final y lo utiliza como carga de profundidad para terminar en un enésimo giro de guión con una bomba argumental que haga impacto en el espectador. Hasta entonces la cosa parece transcurrir inocentemente, aunque algunos malos presagios subrayan en exceso el tono tragicómico. Tres viejos amigos en apuros, tres perdedores sin futuro, se reúnen para 'un plan' misterioso que luego acabará siendo una bobada y entre tanto van descubriendo algunas miserias más que aún les quedaban por conocer. Una tragicomedia irregular jugada con un trío de personajes aceptablemente creados y recreados, hasta que el autor descubre sus verdaderas cartas. Pero resulta que no es instintivo ni obedece al sistema límbico; Vidal ha ido tejiendo con premeditación de abogado un traje de víctima para el que será verdugo. Y eso, sin constituir ningún hallazgo sociológico, sí es un primer argumento de peligrosa equidistancia y acaso de machismo.

Teatro para divertir, dijeron, pero a mí y a la señora que roncaba a mi lado nos aburrió muchísimo. Teatro para crear debate, dijeron; y en mi opinión este plan es un mal plan. Muy mal plan.

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