Las pisadas que iluminaron a Escrivá

Escrivá, sentado junto a su hermano Santiago en El Espolón en los años 20, y un retrato suyo../LA RIOJA
Escrivá, sentado junto a su hermano Santiago en El Espolón en los años 20, y un retrato suyo.. / LA RIOJA

Logroño celebra el centenario de la vocación del santo tras ver las huellas en la nieve de un carmelita descalzo | La fuerte ola de frío que sufrió La Rioja durante el invierno de 1917-18, y que dejó decenas de muertos, impresionó al fundador del Opus Dei cuando apenas tenía 16 años

Marcelino Izquierdo
MARCELINO IZQUIERDOLogroño

En la logroñesa calle Marqués de San Nicolás, a la altura del palacio de La Merced, una placa de bronce con el rostro de San Josemaría Escrivá de Balaguer recuerda que «en este lugar, entre diciembre de 1917 y enero de 1918, San Josemaría Escrivá descubrió su vocación de entrega a Dios al ver las huellas que dejaban en la nieve los pies descalzos de un religioso carmelita que transitaba por la calle». Ahora se cumple un siglo de aquella señal que cambió radicalmente la vida de quien, décadas después, fundaría el Opus Dei y sería canonizado por el Papa Juan Pablo II en el año 2002.

La familia del santo, con sus padres José Escrivá y Dolores Albás a la cabeza, se había trasladado en 1915 a Logroño desde Barbastro, su ciudad de origen, en busca de una mejor vida.

Comenzó el padre a trabajar como dependiente en 'La gran ciudad de Londres', reputado comercio que regentaba el empresario textil Antonio Garrigosa en la actual calle Portales. José María, por su parte, estudiaba en el colegio de San Antonio, en la plaza del Alférez Provisional, y se examinaba por libre en el Instituto de Segunda Enseñanza (IES Sagasta).

Una mañana, con apenas 16 años, la vida de Escrivá cambió para siempre. «Había nevado durante la noche, y el suelo estaba recubierto por una capa de nieve, en la que no se veían más que las huellas de los pies descalzos de un fraile carmelita», confesaría años después.

Un invierno helador

Al ver las pisadas a la altura del número 107 de la Calle Mayor, en la zona conocida como 'La Costanilla', el joven José María experimentó una profunda inquietud religiosa y un fuerte deseo de entrega. Otros hacían tantos sacrificios por Dios, ¿y él -se preguntó- no era capaz de ofrecer nada?

El invierno de 1917-1918 fue mucho más frío de lo habitual en casi toda España y también en La Rioja. Los termómetros se desplomaron hasta los 16 grados bajo cero el 30 de diciembre y hasta -14, el día 1 de enero. A lo largo de varias semanas, la provincia de Logroño estuvo a merced de un fuerte temporal.

El frío polar afectó sobremanera a los cientos de logroñeses que malvivían bajo los puentes o en plena calle, provocando decenas de muertes debido a las bajas temperaturas y al hambre.

La sociedad riojana comenzó a movilizarse por medio de donativos, que se encauzaban a través de Ayuntamiento, Círculo Logroñés, Gran Casino, Cocina Económica y también del periódico LA RIOJA. Entre aquellas gentes desprendidas se encontraba la familia Garrigosa, propietaria de 'La gran ciudad de Londres', lo que empujó a los propios empleados de la tienda -José Escrivá entre ellos- a reunir en una colecta 38 pesetas para los más desfavorecidos.

El Seminario logroñés

A buen seguro que a lo largo de aquellos días de enero no se hablaba de otra cosa en Logroño, incluido en el domicilio de los Escrivá-Albás de la calle Sagasta, lo que sin duda tuvo que afectar a José María. Como él mismo reconoció en sus 'Apuntes íntimos': «Mi Madre del Carmen me empujó al sacerdocio. Yo, Señora, hasta cumplidos los dieciséis años, me hubiera reído de quien dijera que iba a vestir sotana. Fue de repente, a la vista de unos religiosos Carmelitas, descalzos sobre la nieve...». Poco después de descubrir su vocación, Escrivá ingresó en el Seminario Conciliar de la capital riojana.

Aunque no se conoce la fecha exacta de la «señal divina» que iluminó al fundador del Opus Dei, todo parece indicar que se produjo días después del 9 de enero, fecha en la que José María cumplió los 16 años, y cuando la ola de frío y nieve había dejado ya un rastro de muerte y miseria en las calles de Logroño difícil de olvidar.

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