PIEDRA DEL CAMINO

«Las piedras saben mucho, enseñan mucho. No hay más que detenerse un poco en ellas para entrever su sabio magisterio e ir aprendiendo su lección de vida»

VICENTE ROBREDO GARCÍA

Van desapareciendo, van desapareciendo los caminos. Y con ellos las piedras, los guijarros tan molestos y tan inolvidables.

El cemento, el asfalto van cubriendo la tierra en aras de lo fácil, de lo cómodo, para que el pie no sufra, para que los vehículos transiten con menos sobresaltos. Es la ley de la prisa, de la velocidad: el tiempo apremia.

Hasta hace pocos años, no solo en los caminos, en las mismas calles había que andarse con cuidado para no tropezar. Las piedras, como los animales -perros, gatos, gallinas, borriquillos- eran parte del vecindario. Ahora casi puede uno andar a cierra ojos por la calle sin recelo ninguno. Es el progreso.

Y, sin embargo, las piedras del camino eran memoria viva, guardaban con amor huellas, sucesos, historia humanísimas, dignas de recordar.

Aún quedan algunas. Ve, cruza el Puente Canto sobre el Oja, camino de la aldea, las aldeas, carretera actualmente. Verás que, en las cunetas, al lado del endrino y el helecho, el yezgo y la amapola, piedras de las de entonces conversan de la antigua trashumancia, del múltiple trajín del acarreo, de la ardorosa siega; evocan los cantares populares, los ¡arre! y ¡so!, la flor de la retama; y añoran los pañuelos floreados en torno de la cara, hermosa siempre, de la mujer serrana.

Los chavales del pueblo las lanzábamos, proyectiles caseros, en las famosas 'guerras' entre barrios, camino de las eras. El 'tirador' y el arco eran las armas. No existía un David o un Guillermo Tell entre nosotros. Y así, más que victorias, eran cristales rotos los trofeos ganados y alguna reprimenda.

Las piedras saben mucho, enseñan mucho. No hay más que detenerse un poco en ellas para entrever su sabio magisterio e ir aprendiendo su lección de vida. ¿Quién no ha tarareado con Vicente Fernández aquello de: «Una piedra en el camino, /me enseñó que mi destino /era rodar y rodar?». Atahualpa Yupanqui lo cantaba al son de su guitarra: «Es mi destino / piedra y camino /de un sueño lejano y bello, vida: /soy peregrino».

Así es la piedra: noble en su pobreza. Su carencia de medios no le resta importancia, dignidad, no amortece su chispa de grandeza. ¡Qué bien sabe afrontar las decepciones, holgarse en los momentos de bonanza!

León Felipe se veía en ella: «Así es mi vida, / piedra, / como tú. Como tú, / piedra pequeña; / como tú, /piedra ligera; / como tú, / canto que ruedas / por las calzadas/ y por las veredas; / como tú, / guijarro humilde de las carreteras, / como tú, / que en días de tormenta / te hundes /en el cieno de la tierra /y luego /centelleas / bajo los cascos y bajo las ruedas...». Asimismo, el salmista agradecía a Dios humildemente su honda predilección: «La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente» (S. 117, 22-23).

El mismo Hijo de Dios se fijó en ellas. Y no accedió a hacer de ellas panes, como le sugería el tentador. Su ser era ser piedras y es bueno que lo fueran. Como el trigo y el pan -¡qué bien!- son lo que son (Lc 4.3).

Cuando, al cruzar Jerusalén, algunos fariseos le exigían que mandara callar a los discípulos, que lo iban aclamando, Jesús les dejó claro: «Si estos enmudecieran, empezarían a gritar las piedras» (Lc. 19,40). Y a fe que lo gritaron. Tanto, que no hubo losa de sepulcro que, feliz, no rompiera, al tercer día, a cantar el hosanna, el aleluya de la resurrección.

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