LA PERSONA Y EL LUGAR

LA PERSONA  Y  EL LUGAR

«No hay duda, el ser humano, perpetuo caminante, necesita un hogar que lo descanse, una familia en la que darse y recibir del todo, en la que amar del todo y ser amado»

IGLESIA

No es infrecuente encontrarse con personas que buscan su lugar en el mundo y no lo hallan. Personas que no se encuentran a sí mismas y no encuentran su sitio. Y no me refiero a las que tienen que dejar sus casas y su país de origen en busca de una vida más segura, de un trabajo más digno. Hablo de quienes no hallan paz en parte alguna, en persona ninguna, y necesitan ir buscando siempre gentes nuevas y escenarios nuevos.

El escritor británico Philip Larkin se sentía así y lo expresaba así en sus versos: «No, todavía no he encontrado/ el lugar del que pueda decir/ Este es mi sitio, / aquí me quedo; / y tampoco a esa persona especial/ que enseguida reclama/ todo lo que tengo, / incluso mi apellido».

En ese «todavía no he encontrado» el escritor no solo desvelaba su ansia, sino el ansia de todo ser humano por hallar su camino, su lugar en el mundo, a la vez que el impulso irresistible hacia el encuentro de amor con la persona o personas capaces de culminarlo. En ese «todavía» declaraba esa insatisfacción casi incurable que nos llama a seguir siempre adelante, y la esperanza de que sí, de que un día ha de llegar la dicha que anhelamos.

No hay duda, el ser humano, perpetuo caminante, necesita un hogar que lo descanse, una familia en la que darse y recibir del todo, en la que amar del todo y ser amado. Y, sin embargo, en esta búsqueda, con demasiada frecuencia nos cuesta percatarnos del valor de lo que ya tenemos, somos incapaces de gozar del lugar, del instante y de las personas que nos rodean; y hasta sacrificamos el presente en aras de un futuro que no llegará nunca o que, si llega, volveremos a convertir en rutinario.

Tentación muy común la de escapar del tiempo, del suelo que pisamos en busca de un soñado paraíso. Sin caer en la cuenta de que lo ahora vivido sin valorar apenas se nos convertirá más adelante en motivo de nuevas añoranzas e imposibles regresos.

Qué horizontes nos abren las palabras de Blake: «Ver el mundo en un grano de arena/ y el cielo en una flor silvestre, / tener el infinito en la palma de tu mano/ y la eternidad en una hora». Qué cierto es que en nosotros cabe la posibilidad de ese milagro de vislumbrar lo enorme en lo pequeño, lo celeste en un pétalo. Qué cierto. Cada palmo de suelo es tierra madre, cada instante vivido es una vida capaz de contenernos; y cada rostro humano, la entera humanidad que nos invita al abrazo fraterno. De nuevo Blake nos dice bellamente: «Aquel que besa la joya cuando esta cruza su camino/ vive en el amanecer de la eternidad».

Jesús de Nazaret pasó por nuestra tierra haciendo el bien: amó cada lugar, cada persona con toda intensidad. Y se quedó con ellos, con nosotros, y nos llevó consigo - es lo que hace el amor - ya para siempre. Poco antes de morir, para tranquilizarnos acerca del final de nuestros sueños, nos dejó bien sentado: «En la casa de mi Padre hay sitio para todos... Y voy a prepararos el lugar. Cuando vaya y os prepare sitio volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros» (Juan 14, 2-3).

Cada sitio es el nuestro; cada persona, la nuestra y nosotros, los suyos. La comunión total es nuestra cita. El corazón del Padre es nuestra casa, y el encuentro con Él es el encuentro.

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