PEPE TORRES, FLAMENCO TOTAL

Adiós a los XXII Jueves Flamencos. Parece que fue ayer y no me refiero al primer concierto de este año, con el fantástico Ezequiel Benítez; me remonto al inicio de esta andadura de más de dos décadas con José Mercé y el desparecido Moraíto chico en el Salón de Columnas como una experimentación de una aventura que a la postre ha sido inmensamente pródiga y hermosa. 22 años de camino repletos de noches para el recuerdo que han consolidado a este evento como uno de los más importantes del calendario flamenco español, merced a su apuesta inteligente y sin concesiones por lo bueno, más allá de las modas pasajeras y de los intereses creados. Y buena prueba de esta senda fue la puesta en la carretera de 'Juncales', un espectáculo de baile sin la más mínima pretensión comercial: cante, danza, toque y encuentro de dos mundos, Morón y Jerez, el baile más clásico y la fiesta de un cuarto. Dos familias, o tres, diversos acentos y sentimiento del bueno para todo el mundo. Pepe Torres es un bailaor suspendido en el tiempo. Alejado de cualquier atisbo de apostura. Baila como los ángeles, en hombre, como mandan los cánones del clasicismo puro y duro de los grandes nombres por los que siente devoción. No es un atleta juvenil ni apolíneo; parece más mayor y baila como los viejos, con la chaqueta en un ovillo, con las manos simples y sin agitaciones que conlleven al desvarío. Me conmueve su disciplina, su talento, su sencillez; una hondura para nada desdibujada con extraños artificios. Baila como baila el Güito, baila en un clásico compás de rajo en las caderas y de potencia infinita en su taconeo acompasado por el toque. Me alucinó su entrada con la guitarra de Morón de la Frontera. El toque de Diego del Gastor, ese pulgar que distribuye la pulsación y que arranca de la guitarra un sonido que crepita porque es único. Ahí va un guitarrista de Morón, me dije, con Diego y su sobrino Dieguito, uno de esos genios que habitan el flamenco alejado y refractario a cualquier enciclopedia. Qué maravilla esas falsetas, que cuando las conocí pensaba que se las había inventado Raimundo Amador, pero que en realidad, el gitano de Pata Negra había peregrinado a Morón a ver a los tocaores de la tierra para arrebujar su primera 'Gerundina' con una musicalidad que parecía heredera de Jimmy Hendrix. Hubo quien salió del Teatro Bretón si saber quién era el que había abierto el concierto a la guitarra. Pepe Torres, les respondí, aquél que hace unos años os impresionó tanto cuando actuó en el Salón de Columnas con Son de la Frontera, que para el que esto suscribe es junto al grupo de los Amador dos referencias indelebles de la experimentación flamenca. El espectáculo, el encuentro o la reunión, que de las tres formas se puede denominar 'Juncales' pecó un tanto de monotonía. Todo el mundo bien, sin duda, pero la repetición obsesiva de la fórmula restó brillo a la sucesión de números. Me gustó el compás de El Perla, la energía de Gema Moneo y las dos voces, que sin embargo resultaban demasiado iguales entre ellas. Mucho rajo y menos brillo.

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