LOS PELOS DE PUNTA CON ROSALÍA

PABLO GARCÍA-MANCHA CRÍTICO DE FLAMENCO

Engarzá en oro y marfil, tú llevas una cruz al cuello... Así comenzó Rosalía su actuación, con esta mítica y pavorosa media granaína homenaje a su creador, Don Antonio Chacón, a la Niña de los Peines, que se moría por Don Antonio, y a Enrique Morente, que en los años setenta nos redescubrió al Papa de flamenco, su dolorosa cadencia y su talento. Los tres se asomaron en el abismo de la garganta de Rosalía, poseedora de una voz que conmueve por su carácter íntimo y recoleto, pero también profunda y arrebatada como en uno de sus gritos por soleá; una soleá como rota y deconstruida en su compás pero admirablemente bella.

Pero mucho más allá de los flamencólicos de libreta que nos habitan y nos consuelan con su sabiduría, Rosalía dejó un concierto singularmente personal, en su cante, en su voz y en su puesta en escena, flamenca pero distinta, con un tinte de modernidad que la sitúa en una orilla alejada absolutamente de cualquier convencionalismo. Nada en ella es previsible, como el mirabrás eternamente chaconiano que precedió a una de las cumbres de la noche: los tangos de San Juan de la Cruz del cantar del alma 'Aunque es de noche', que grabó Enrique Morente en 1983. Rosalía los llevó a su terreno siendo a la vez muy fiel al compás del genio de Granada. Una belleza, los pelos de punta de este cronista. Y eso no tiene explicación.

Y desde este punto trazó un giro copernicano para llevar su garganta a Antonio Molina y 'La hija de Juan Simón'. Y desde aquí, otro salto más, a la guajira y los cantes americanos de una hermosísima cubana que constituyo otra de las cumbres del concierto. Canta con extremo gusto, con una voz que acaricia y es juguetona en extremo y que palpita con una carga de dramatismo especial pero sin llegar nunca al tremendismo.

Rosalía cantó con elegancia supina los tanguillos gaditanos de Pericón y Chano. Cuando se asomó a Cádiz, bahía nada sencilla en el cante, Rosalía lo hizo también con gracia y desparpajo. Sin bailar bailó. Cerró la noche por bulerías y su Catalina del disco Los Ángeles. Una noche para el recuerdo, con el gustazo de volver a ver en Logroño al maestro Alfredo Lagos a la guitarra, que demostró tanta elegancia y maestría como la bellísima dificultad del trémolo de la media granaína del inicio del concierto. No se puede tocar mejor.

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