PASO A DOS

PASO  A DOS

Sin complejos. 'Bailando la vida' es una de esas películas que se gestan en un laboratorio de ideas a partir de los suspiros ingeniosos de otras mayores, el resultado de un guion frankensteiniano que no tiene la menor intención de ocultar que está hecho para gustar y que hará uso de todas las artimañas a su alcance para lograr su objetivo. Definido su público, que está compuesto por un grueso de mujeres en edad otoñal fieles a un panteón cinéfilo en el que destacan Isabel Coixet, Richard Curtis o Judi Dench, Richard Loncraine se aplica con laboriosidad a la tarea de facturar un producto etiquetado en origen como 'crowd pleaser' y que no es otra cosa que un popurrí de sabores dulces con un leve regusto de amargura rebozado en harina romántica.

Como Cate Blanchett en 'Blue Jasmine' (Woody Allen, 2013), Imelda Staunton interpreta a una mujer de la alta sociedad que decide marcharse a vivir con su hermana tras descubrir que su marido mantiene un idilio en secreto con su mejor amiga; es en este punto en el que se desata la comedia de contrastes motivada por el choque de caracteres entre una mujer despechada y empobrecida (Imelda Staunton) y el modo de vida de su hermana podemita y bohemia (Celia Imrie).

Como todo cuento moral -y este definitivamente lo es-, 'Bailando la vida' sintetiza un torrente de modos de ser equivocados de los que la protagonista logrará redimirse gracias al amor. Cuesta encajar el rictus de Timothy Spall en el papel de un galán encanecido, pero la sintonía de todo el reparto, su absoluta sinceridad y un punto de ñoñería imprescindible para engrasar las aristas de lo que podría haber derivado en un dramón telefílmico hacen que 'Bailando la vida' fluya con un movimiento de pies que se mueve sobre las huellas de los mejores pasos de '¿Bailamos?' (Peter Chelsom, 2004).

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