PALABRA DE MUJER

JONÁS SAINZ - CRÍTICA DE TEATRO

El coraje debería tener nombre de mujer, nombre de madre; la que te enseña a andar por la vida contra viento y marea. Hace muchos años recibí de una actriz una lección de esa bravura. Esperanza Roy se enfrentaba al reto de Shirley Valentine (una de tantas mujeres que anteponen las necesidades y deseos ajenos a los propios) y todo en aquel estreno salió mal. Al terminar, entre lágrimas, pidió disculpas al público. Pero nada dijo de lo que verdaderamente había detrás de sus nervios: su madre acababa de morir. Ella, pese todo, sacó la función adelante. El show debe continuar como siempre continúa la vida. Yo, en cambio, a duras penas logro hacer de tripas corazón. Por fortuna, o por la gloria de mi madre, mis hermanas me muestran que dentro de cada mujer hay una Shirley rebelándose, una troyana valiente y hermosa dispuesta a vencer toda derrota.

«Jamás pariremos silencio!», clama a sus captores la reina caída de Troya. «¡No dejéis que a la injusticia siga el silencio!», nos sigue interpelando hoy Hécuba, una mujer, otra más, a punto de ser forzada hacia el infierno de los hombres. El silencio es el olvido, una segunda muerte, la muerte definitiva. Bien lo saben las mujeres. La palabra, en cambio, es el último privilegio de los condenados, la única arma de los poetas. Y cuando su voz es la voz del postergado, su discurso es acto de justicia poética, toda la justicia a la que pueden aspirar los derrotados y la que les salva en último término de la desmemoria.

Esa paradoja alada que es la palabra, inútil pero imprescindible, esa palabra es la llama que ilumina 'Troyanas' en la versión de Alberto Conejero, que insufla a la tragedia de Eurípides un aire a Generación del 27, sin que la puesta en escena de Carme Portaceli ni el conjunto de las interpretaciones estén completamente a la gran altura que merece. Siempre poético, siempre lorquiano, el autor de 'La piedra oscura' levanta a partir del texto clásico un hermoso puente entre las heroínas de Ilión y las de Lorca para hacer un alegato feminista atemporal contra toda guerra dando voz a las víctimas entre las víctimas, las mujeres, y tratando de despertar la conciencia individual y colectiva de la sociedad occidental contemporánea respecto a su complicidad por inacción en Troyas actuales como Siria. Estremece pensar que los griegos, padres de nuestras democracias, son los tiranos en Troya.

Ya el original de Eurípides es un dramático canto contra los desastres de posguerra con la mujer como botín. Con la ciudad en llamas y sus hombres muertos a manos de los aqueos, entregados a la vesania y el pillaje, las troyanas aguardan su destino como esclavas. Un lúgubre emisario les anunciará la desgracia que en suerte ha correspondido a cada cual: exilio, esclavitud, vejación, violación, tortura, muerte, sacrificio... el amplio catálogo de horrores de las viriles espadas de todos los tiempos a los que ellas harán frente con irrenunciable dignidad. Puro coraje.

Conejero prescinde de los dioses Poseidón y Atenea manejando los hilos del destino para cargar la culpa sobre los mortales. Y así, de entre el público, un ciudadano más, un hombre, surge Taltibio (Nacho Fresneda), negro heraldo de la muerte intentando excusar su conciencia y azuzar la nuestra: «Al final todos obedecemos, todos hacemos lo que nos mandan, miramos para otro lado; tratamos de seguir adelante, de sobrevivir. Porque cada uno de nuestros días es una guerra...».

Difícil sostener una función que comienza tan expuesta. La dura Hécuba aún le queda lejos a la Aitana que sí fue brillante Medea y parece que este intento quiere aprovechar aquel éxito. Del resto, lo más llamativo es la incorporación de una fantasmal Políxena (Alba Flores). Y, aunque el montaje de Portaceli es más grandilocuente que poético, deja pasajes preciosos como el clamor de Andrómaca: «¡Salvajes, alimentáis vuestro futuro con sangre de inocentes! ... ¿No me oís? ¿Dónde estáis, hombres de Europa?».

Estén donde estén, siempre sabré que tú, desdichada Hécuba, hermana, madre, mujer, «aguantarás, en pie, como todas las Hécubas del mundo: detrás de las alambradas, en las barcas que el oleaje quiere tragar, en los campamentos de invierno; aguantarás, porque Troya está en ti y mientras tú vivas Troya seguirá viva; aguantarás y no habrá tiempo ni fuego ni mentira que la derrumbe; aguantarás, Hécuba, para que el silencio no siga al crimen, para que la última palabra no sea de ellos, para que no se queden con toda la luz del mundo». Palabra. De mujer.

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