LA PALABRA

LA PALABRA

«La palabra nos pone en pie y en marcha, nos empuja al encuentro de los 'otros, al diálogo sencillo y necesario»

IGLESIA

La palabra, ¿qué tiene la palabra, que nos importa tanto? Ella misma, que es ávida pregunta, es a la vez respuesta que esclarece.

Leemos en Franz Rossenzweig: «Sin la palabra, el mundo no existiría». Así de categórico, tajante. Es tal, según el filósofo alemán, la trascendencia de la palabra, tal su necesidad, que sin ella no habría mundo. ¿Qué tiene la palabra?

Con la misma rotundidad, Octavio Paz definía al ser humano como palabra, como ser constituido por ella, identificado con ella: «La palabra es el hombre mismo... El hombre es un ser de palabras». Así de claro.

Para el escritor mejicano, el ser humano, él mismo, es la palabra, la palabra más nítida y completa. Cada acción suya es expresión, lenguaje, lengua y habla. Ella nos hace humanos. Ella es nuestra materia, nuestro aliento. Somos verbo esencial, palabra viva. ¿Qué tiene la palabra?

«Solo tengo una patria, la lengua», afirmaba Juan Gelman, haciendo del obligado exilio ocasión de hallar su verdadero hogar, su patria chica y grande: la palabra.

La palabra es la patria y es la madre; nos da la vida, nos acoge y educa, nos va haciendo capaces de tomar decisiones, de afrontar compromisos, celebrar alegrías. La palabra nos pone en pie y en marcha, nos empuja al encuentro de los otros, al diálogo sencillo y necesario para sobrevivir y crecer juntos, sintiendo como un don las diferencias. La palabra nos cambia, rompe esquemas, barreras, nos iguala, transforma los desiertos en vergeles, la soledad en buena compañía. La palabra da voz al silenciado. ¿Qué tiene la palabra?

¿Quién no recuerda a Blas de Otero, al que Paco Ibáñez puso música y voz, cuyo único consuelo, después de perder todo, era la fidelidad de la palabra?: «Si he perdido la vida, el tiempo, todo/ lo que tiré, como un anillo, al agua, /si he perdido la voz en la maleza, /me queda la palabra».

Le queda la palabra, nos queda la palabra. ¿Será verdad que es nuestro fundamento, la humanidad auténtica, la verdadera patria; que permanece siempre a nuestro lado como la esposa fiel?

El Prólogo del Evangelio de san Juan (1, 1-14), misterioso y deslumbrante, es muy revelador: «En el principio existía la Palabra. Y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios (...) Por medio de la Palabra se hizo todo y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. En la Palabra estaba la vida y la vida era la luz de los hombres (...) Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron (...) les dio poder para ser hijos de Dios... Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros; y hemos visto su gloria, gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad».

La Palabra era Dios y se hizo carne. Y habitó y sigue estando entre nosotros. Y nos crea y recrea y nos hermana. Nos llena de su vida, de su gloria. Y no se irá ya nunca. Que es nuestra y somos suyos, siempre suyos. La Palabra es Jesús.

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