OLOR A PÓLVORA

CARLOS SANTAMARÍA ANECDOTARIO

La primera vez que tuve cerca una bomba de ETA era lunes. Yo estudiaba en la Universidad del País Vasco y aquella mañana escuchamos un alboroto raro desde los viejos pupitres: había gente por los pasillos, voces nerviosas, prisas... estaban desalojando la facultad porque en el ascensor de nuestro edificio habían puesto una bomba. «Todos a casa, chavales». Camuflados en lo que parecía un paquete de folios se escondían tres kilos y medio de Titadine dirigidos a matar a Edurne Uriarte. Los terroristas activaron la bomba a distancia pero solo prendió el iniciador; si hubiese explotado entero habría volado medio edificio. Fue el olor a pólvora del mecanismo que ardió lo que alertó a un escolta. Hoy cuentas a los chavales que había profesores que iban a dar clase con escolta y les suena como esas historias imposibles de los borrachos. La segunda vez fue poco después, en el máster en El Correo. Iñaki Iriarte, el director, entró sosegadamente a clase, se acarició la barba y nos dijo que fuéramos todos al bar de enfrente a tomar un café. No entendíamos qué pasaba, era algo tan extraño que obedecimos sin rechistar; había otro paquete bomba.

Ahora que ha acabado el terrorismo etarra es buen momento para recordarlo, porque podemos caer en la tentación de borrar de la memoria tanto dolor. Lo escribió Lorenzo Silva en una de sus novelas: «Tarde o temprano se secan las lágrimas, se da media vuelta y se piensa en lo que habrá que hacer de cena». Es un reflejo natural de pura supervivencia, pero hay que combatirlo.

«A mí me llamó por teléfono el delegado del Gobierno», me relataba una vez un político riojano; habían detenido a un comando y en la documentación incautada aparecía su nombre. «Lo peor no fue eso», decía, «lo más duro fue cuando abrí el buzón de casa y encontré una fotografía mía con las siglas y el emblema de ETA». Hoy vuelven los homenajes a asesinos por las calles y se blanquea el pasado con entrevistas y selfies, por eso convienen recordar estas cosas: la amenaza de la muerte a la vuelta de la esquina, los años de plomo y sangre en los que tanta gente fue valiente, aquel olor de la pólvora en el ascensor de la Universidad.

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