«El Nobel haría felices a los argentinos, no a mí»

El escritor argentino César Aira. :: FERNANDO GóMEZ
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El escritor argentino César Aira. :: FERNANDO GóMEZ

«Los géneros están para sabotearlos», dice el genial autor, que «alucina» en 'Prins', su libro número 101 César Aira Escritor

MIGUEL LORENCI MADRID.

El último y maquiavélico juguete literario del sabio loco César Aira (Coronel Pringles, 1949) es 'Prins' (Literatura Random House). El genial escritor argentino, recurrente candidato a un Nobel que no quiere, admite que esta vez «la maquinaria es más enrevesada». Es el libro número 101 en una singularísima carrera que comenzó con 18 años. Aira «alucina» con un afamado escritor de novela gótica que se harta del género y se entrega a los lisérgicos placeres del opio. Mezcla viajes psicotrópicos con prosaicos trayectos en el bus 126, que atraviesa Buenos Aires.

-101 libros y cabalgando entre ladridos, que diría Cervantes.

-La cifra es un poco artificial. Un amigo escritor y coleccionista contó primeras ediciones, separatas, plaquetas, libritos menores... Pero libros de verdad salen 50. Y aun los de verdad de verdad, son menos. Así que no es para tanto.

-El mecanismo de su nuevo juguete ¿es más complejo esta vez?

-Sí. Los grandes editores quieren libros con cierto volumen y una vez al año les entrego una novela 'larga'. Tengo que ir más allá de mis fuerzas, que alcanzan hasta las 70 páginas. Llegar a 200 se me complica.

-¿Nunca le ha superado la fatiga de escribir, como a su protagonista?

-No. Puedo imaginarlo, pero no la he sentido. El placer de escribir sigue vigente.

-«César Aira alucina». ¿Titular adecuado para 'Prins'?

-Sí. Un amigo me dijo que he llegado a la edad en que me lo puede permitir todo. Y así es. Antes me lo permitía casi todo y he suprimido el casi. Esa plena libertad sería mi estilo. Dejo volar la imaginación donde quiera y sin límite.

-La vida es sueño en sus libros. ¿Calderón tenía razón?

-Sí. «En ese momento, el sueño comenzó a derramarse sobre la realidad», escribió Gérard de Nerval en 'Aurelia'. Intento convertir la realidad en un sueño -o pesadilla-, aunque pongo capitonés, que decía Lacan, puntos de enganche con la realidad. Como los viajes en el autobús 126 que tomo a diario. Es un mundo alucinado tachonado de realidades.

-¿Qué tal se lleva con las sustancias psicotrópicas?

-Soy psicotrópicamente virgen. Nunca las he utilizado. Y eso que mi hijo me pregunta qué he fumado con cada libro mío que lee. Un whisky por la noche es todo el psicotrópico que aguanto.

-En Sant Jordi le trataron como una estrella del rock. Como a Bob Dylan, que ya tiene el Nobel de Literatura. ¿El suyo está más cerca?

-Lamentablemente para mis compatriotas, a quienes les encanta ser el número uno, no creo que me lo den. Para ellos sería una enorme satisfacción. No para mí. No me gustaría volverme una figura pública. Prefiero mantener cierto anonimato.

-¿Es bueno para un escritor pasar por misterioso esquivo?

-Supongo que sí. Me han acusado de tener una estrategia muy sabia, pero no es así. Cuando comencé a ser conocido comprendí que si concedía una entrevista debía dar mil. Que eso sería un infierno y una pérdida de tiempo. Me pliego una vez al año y doy un gusto a los editores cuando viajo fuera de Argentina.

-Los géneros ¿están para retorcerlos?

-Para sabotearlos al hacer como que los respetas, aunque sea un recurso un poco gastado.

-¿El ordenador da mala literatura?

-Nunca he dicho eso. Habrá buenos escritores que lo usen, pero hace que escribir sea demasiado fácil.

-¿Sigue sin móvil?

-He arriado una de mis banderas históricas. Claudiqué hace dos meses. Ante la brutal presión familiar, y a condición de tener un único número en la memoria: el de mi mujer.

- Tradujo 'best sellers' durante 30 años, incluido Stephen King ¿Le respeta?

-No mucho. Traduje tres novelas y una, 'Misery' me gustó. Las demás eran temas un poco asquerosos. Me harté. No traducía buena literatura y los editores me pedían reducciones. En una ocasión resumí 200 páginas en una frase: «Encontrar a Carlitos no nos dio ningún trabajo». Creí conocer la receta del 'best seller', me decidí a hacer uno propio y fracasé.

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