LA NIEVE

LA NIEVE

«La nieve Sabe caer. 'Ningún copo de nieve cae en el lugar equivocado', como reza el proverbio. Sabe estar, encajar en cualquier sitio, con paz, sin estridencias, aportando su levedad minúscula para vestir de gala, montes, valles, ramas secas, estanques solitarios»

VICENTE ROBREDO GARCÍA

Por más que los pronósticos la anuncien, la nieve constituye siempre una sorpresa. No importa que la sepamos de memoria, que conozcamos bien todos sus rasgos. Cuando llega, con su puesta de largo, inmaculada, nos pasma, nos seduce, nos inunda de asombro.

Al contemplar la nieve, los ojos de los niños se agigantan y los de los adultos se hacen niños. Todo cobra un sentido diferente, como si nunca visto. Lo diario y habitual se transfigura y se muestra radiante, como recién creado. Y la uniformidad que da la nieve, lejos de ser anónima, promociona y destaca con su magia los mínimos detalles, convirtiendo en prodigio lo ordinario.

La nieve es sabia: iguala diferencias, sin desvalorizar lo original, distinto, la singularidad de cada forma, reconociendo con íntimo respeto que cada ser es único. En su blancura unánime, viene a dejarnos claro que lo más evidente y más sencillo guarda en su corazón un gran misterio.

La nieve es cariñosa. Pareciera que el cielo se hace añicos para caber en nuestra vista, dejarse acariciar por nuestras manos. Luego se recompone al tocar tierra y se ofrece mantilla primorosa que sueña en arroparnos. Los pájaros, al verla, no salen de sus nidos. No hay alas sino copos en el aire y un silencio de paz, de mansedumbre cubre el recuerdo alegre de los trinos.

Sabe caer. «Ningún copo de nieve cae en el lugar equivocado», como reza el proverbio. Sabe estar, encajar en cualquier sitio, con paz, sin estridencias, aportando su levedad minúscula para vestir de gala, montes, valles, ramas secas, estanques solitarios.

La tierra la recibe mansamente. No se enfada con ella. Se deja maquillar, limar arrugas, contrastes, asperezas, lucir, alma de novia inmaculada, camino del altar, toda de blanco. Nadie adivinaría cuánto fervor esconde su apariencia, cuánta efusión latente, en esperanza de los soles futuros.

Cuando llegue la hora, tendrá la habilidad de despedirse sin dramáticos gestos, con la docilidad del que conoce y acata su destino. Pero ahí seguirá bajo la tierra, dando vida, engendrando floreceres, combinando sabores y perfumes que un día, en su sazón, serán fiel fruto.

Es belleza, la nieve es la belleza. D. Juan Manuel, en uno de sus cuentos, nos presenta el afán de contemplarla que embarga el corazón de Romaiquía, bella esposa del rey Abenabet: «Sucedió que un día, estando en Córdoba en el mes de febrero, cayó una nevada y cuando Romaiquía vio la nieve se puso a llorar. El rey le preguntó por qué lloraba, y ella le contestó que porque nunca la dejaba ir a sitios donde nevara. El rey, para complacerla, pues Córdoba es una tierra cálida y allí no suele nevar, mandó plantar almendros en toda la sierra de Córdoba, para que, al florecer, pareciesen cubiertos de nieve y la reina viera cumplido su deseo».

Y si es cierto que ha sido utilizada como expresiva imagen del desdén, de indiferencia ante el dolor ajeno, también es signo de la delicadeza femenina, que despierta armonías no escuchadas, al roce de sus dedos. Bécquer -su rima VII sobre el arpa olvidada- es buen ejemplo: «¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas/ como el pájaro duerme en las ramas, / esperando la mano de nieve/ que sabe arrancarlas! / ¡Ay! -pensé-, ¡cuántas veces el genio/ así duerme en el fondo del alma / y una voz como Lázaro espera / que le diga 'Levántate y anda'!».

La nieve de estos días tal vez sea ese toque delicado, esa voz silenciosa que nos llama a la vida, cuyos ecos recogen las versos de Combarros: «Que está nevando Dios, que está nevando / amor sobre la tierra». ¿Sabremos escucharla y despertarnos?

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