Neuman celebra «sin adoctrinar» la belleza de las cicatrices en 'Fractura'

M. LORENCI MADRID.

En Japón se practica desde tiempos inmemoriales el 'kintsugi', el arte de reparar la porcelana quebrada realzando con oro o metales preciosos unas grietas que embellecen la pieza. La misma filosofía está en la médula de 'Fractura' (Alfaguara), la nueva novela de Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977). «Sin dar sermones ni adoctrinar», reivindica la belleza de las cicatrices del cuerpo, del alma, de la memoria y de las cosas. Recorre sentimental y políticamente el siglo XX. Hace memoria de sus catástrofes nucleares y alerta del peligro de negar el pasado.

«La energía es un fluido al que no se le pueden poner fronteras», dice Neuman, que la aborda en todas su formulaciones -atómica, emocional, telúrica...- a través de la peripecia del señor Watanabe, un superviviente de las dos bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, trasunto de Tsutomu Yamaguchi, el único superviviente real de ambos ataques. Fugitivo de su pasado y su memoria, las cuatro historias de amor que Watanabe vivió en Tokio, París, Nueva York y Buenos Aires son el hilo conductor de relato. «Es también una reflexión sobre el concepto de antípoda y la constatación literaria del efecto mariposa, de que lo que ocurre un lugar de mundo tiene consecuencias en el otro extremo», dice el narrador y poeta hispanoargentino.

El pasado

Presenta a Watanabe en el terremoto previo al accidente nuclear de Fukushima, el 11 de marzo de 2011. Un hecho que removerá la memoria del personaje «que huye de la basura nuclear que los países esconden debajo de sus alfombras». «Escapar del pasado es metafísicamente imposible. La cuestión es qué hacer con él, ya que si optamos por negarlo, volverá como un fantasma y nos apuñalará por la espalda», incide Neuman. Un fenómeno que «no se da solo en la política se traslada a territorios íntimos e incluso amorosos», según el escritor y poeta hispanoargentino.

No le rechina la etiqueta de «econovela» para un relato que denuncia el consumo desaforado, el frenesí del usar y tirar y la simplificación de la memoria histórica. «Confundimos la actualidad con el presente. La actualidad dura 48 horas y el presente conecta con el pasado y el futuro», plantea Neuman.

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