Muñoz Molina, un observador errante

Muñoz Molina, ayer, en la biblioteca Eugenio Trías del madrileño parque del Retiro. :: Alberto Ferreras/
Muñoz Molina, ayer, en la biblioteca Eugenio Trías del madrileño parque del Retiro. :: Alberto Ferreras

«Me inspira la desmesura de la realidad aunque no me he divorciado de la ficción», dice un escritor refractario a la solemnidad Explora los límites de la ficción recreando sus vagabundeos por Madrid, París o Nueva York en 'Un andar solitario entre la gente'

MIGUEL LORENCI MADRID.

«No estoy divorciado de la ficción, pero le busco las vueltas sin la necesidad de darle una categoría». Lo dice Antonio Muñoz Molina (Úbeda, 1956), que explora los límites de la fabulación y se inspira en «la desmesura de la realidad» en su nuevo libro. 'Un andar solitario entre la gente' (Seix Barral) es un ejercicio de libertad creativa y un rico y chocante caleidoscopio, además de un bálsamo que permitió al escritor, académico y Premio Príncipe de Asturias de las Letras dar con un nuevo camino narrativo y atisbar algo de luz, cuando salía de un época oscura y depresiva. Lo explica un narrador refractario a la solemnidad -«valoro la libertad de vivir en alpargatas»- y escamado con las redes sociales y el uso perverso de la tecnología.

«Es más radical que otros de mis libros, porque cada vez creo más en la libertad de espíritu del escritor», justifica la formulación fragmentaria de un mosaico narrativo articulado en una suerte de poemas en prosa que discurren por muchos meandros, fruto de sus errantes caminatas por ciudades como Madrid, Nueva York o París.

A caballo entre la ficción, la crónica personal y el ensayo, sigue la estela de otros grandes vagabundos de la literatura moderna. De genios errantes que convirtieron en tema literario las ciudades cambiantes que pateaban, como Thomas de Quincey, Edgar Allan Poe, Charles Baudelaire, Walt Whitman, Herman Melville, James Joyce, Walter Benjamin o Federico García Lorca.

Reivindica Muñoz Molina su derecho «a hacer libros distintos», como lo fueron en su día 'Ardor guerrero' o 'Sefarad'. Esta vez «no tenía ganas de ficcionar ni de planificar», pero «persistía el poderoso impulso de contar cómo es el mundo que me rodea». Y se decidió a hacerlo armado de «lápiz, papel y tijera». Como un paseante asombrado, recolector de sensaciones, impresiones y reflexiones, llenó hasta 17 cuadernos de hallazgos, frases publicitarias, recortes y titulares de prensa, fotos, frases oídas aquí y allá, retazos de conversaciones y hojas secas de árboles.

Monopolios

Hizo un doble collage narrativo y plástico, con unos montajes que comparte también con el lector. Se ayudó con la cámara y la grabadora de su móvil, y eso que es más que crítico con la tecnología y su uso más perverso. «Las redes sociales debían ser un arma de libertad y sirven para que Rusia intervenga donde y como quiera; para que regalemos nuestra información más íntima y se enriquezcan comerciando con ella Google, Amazon o Facebook», denuncia. «Estas empresas son monopolios y armas perfectas para los manipuladores como Trump y Putin. Mandan más que muchos gobiernos y no dejan de acumular poder y dinero», lamenta el autor de 'Plenilunio' o 'El invierno en Lisboa'.

Ve la tecnología como un arma de doble filo «que sirve tanto para difundir los avances de la NASA como el horóscopo, pero cada vez más para extender el odio y la mentira». «Hitler no habría sido quien fue sin la radio, a la que dio un uso perverso, como ahora se da a las redes en un mundo donde es muy fácil caer ante lo irracional, con fuerzas poderosas muy interesadas en propagar el fanatismo», arguyó.

En este libro hay un único personaje de ficción, un narrador sin nombre que transforma cuanto ve y oye, pero que está muy apegado a la realidad, «a días muy determinados, como los de atentados de Niza, el 'brexit' o la fiebre de los Pokémon Go», explica su autor. «No tuve la tentación de introducir más ficción, porque no era necesario. Es la realidad la que opera como ficción», insiste. Ese «asombro ante la desmesura que puede alcanzar la realidad» es el motor de un libro que recoge hechos estremecedores. Desde «los jabalíes radiactivos que han proliferado en Fukushima» hasta el caso de «los asesinos que acabaron haciendo albóndigas con los cadáveres de sus víctimas».

No quiere perder ni un segundo en pensar en nuevos honores literarios. Y mucho menos en la posibilidad de ganar el Premio Cervantes, un galardón para el que es candidato recurrente. «Es terrible para un autor convertirse en un monumento de sí mismo. La solemnización del escritor me produce antipatía. Me disgustan la solemnidad y la ceremonia. Me gusta sentir la libertad de vivir en alpargatas. Cuanto menos protocolo haya en la vida, mucho mejor», reivindica. «Casi es mejor brillar por ausencia», ironiza el ganador de premios como el Planeta, el Nacional de Narrativa o el de la Crítica en dos ocasiones.

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