LA MUDANZA PERMANENTE

CARLOS SANTAMARÍA - ANECDOTARIO

Cuando quitaron el viejo cajero automático de Portales muchos pensamos en montar una revolución, porque aquella boca de plástico y de metal era el oasis al que peregrinábamos cada sábado de madrugada cuando queríamos alargar la fiesta y tomar una cerveza más. «Esperad, que voy al cajero», nos decíamos a gritos en cualquier tugurio, y al rato regresábamos al bar con los mismos ojos vidriosos pero con billetes frescos en la cartera. El caso es que nos quitaron el cajero, desmantelaron aquel viejo milagro incrustado en la pared y, como siempre sucede, el desconcierto inicial acabó por disiparse. Ahora pasamos por allí y el cajero es sólo un recuerdo lejano, una imagen que parpadea vagamente en algún rincón de la memoria, porque el cerebro sabe que es mejor acostumbrarse pronto a las novedades de un mundo en permanente mudanza.

Pero los cambios dejan siempre daños colaterales. Cuando se marcharon los Maristas las calles de la barriada envejecieron de pronto, se cerraron las academias y las tiendas de fotocopias, y las cafeterías quedaron repentinamente llenas de mesas vacías y barras desocupadas desde las que destacaban, brillantes y solitarios, los fríos servilleteros de acero. Los cambios, como el dios Jano, siempre tienen dos caras. Han llevado los juzgados al otro extremo de la ciudad y el nuevo barrio amanece cada día con ajetreos y taxis, con negocios floreciendo felizmente a la sombra del nuevo baobab. Y por Bretón, el desierto, mañanas yermas, la nada: «Hemos pasado de servir 400 desayunos diarios a no abrir por las mañanas», decía Carmela tras echar definitivamente la verja del Café Berlín.

El progreso es sobre todo transformación, sólo queda adaptarse al tiempo nuevo lo más rápidamente posible, encontrar un asiento confortable y ver pasar el paisaje por la ventanilla. Ahora la hipotética llegada del AVE ha disparado las alarmas en La Rioja Alta, y el desvío del tráfico pesado de la N-232 a la autopista ha puesto en riesgo el sustento de cientos de personas que trabajan a pie del asfalto en restaurantes o estaciones de servicio. Son los cambios, las mudanzas, y en estos casos nunca llueve a gusto de todos; como dicen los ingleses 'One man's meat is another man's poison', o sea, el alimento de un hombre es veneno para otro. Literalmente.

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