LOS MOMENTOS DE BÁRBARA ROSADO

CRÍTICA DE ARTE - ALBERTO PIZARRO

L a muestra que esta artista cuelga hasta el 21 de abril en el Instituto Riojano de la Juventud es un 'chute' de alegría, de dobles sentidos, de sobrentendidos. El quid está en que sabe hacer nuestras sus ocasiones propicias, que nos sintamos representados. Sobre todo las mujeres, porque el elemento masculino es escaso e instrumental, mera comparsa.

Ante sus cuadros se siente una cariciosa sacudida, similar a la que se experimenta cuando se contemplan algunas ilustraciones de cuentos infantiles o pinturas naif. Obras que, por aparentemente sencillas y decorativas, no dejan de tener su miga (erotismo blanco, maternidad, apagamiento/encendimiento del cerebro con el alcohol, etc.). Lienzos o papeles, pintados con acrílicos o técnica mixta, llenos de elementos amables que azuzan el deseo de vivir (de ahí la representación de un gracioso camposanto como efecto contraste). La mayoría representan la cotidianeidad, escenas de puertas adentro, resueltas con trazo sencillo, color escueto y composición imaginativa. En suma, un naif apicarado, que es el bueno.

La página que el folleto 'Mujeres en el Arte de La Rioja' dedica a esta artista explica que el leitmotiv de su exposición es «el amor como sentimiento universal que nos acompaña a lo largo de toda la vida». Coincido con la observación. Quien lo escribió conoce bien a la artista. ¿O lo escribió la propia Bárbara? En el poco trato que he tenido con ella me ha parecido cordial, lúcida, sensible, sencilla, tímida, irónica y alegre (en el sentido más honesto de la palabra). Matices de la personalidad que están parcialmente reflejados en su obra. ¡Cómo no iba a plasmar en ella ese «lenguaje no verbal con el que transmitimos y reconocemos las pasiones»! Una delicada y talentosa observadora de lo que acontece en su idealizada intimidad, tantas veces condicionada por lo que pasa fuera. ¿En casa somos como nos tornea la calle? ¿O en la calle mostramos el moldeado de casa?

Formada en la ESDIR, quizá llegue a ser de las que se ganen bien la vida con la pintura. Su modus operandi es el de una ilustradora, a cuyas obras dan ganas de poner texto y componer un libro de relatos. Aunque es tal el fantasioso detallismo (en absoluto cargante), lo narrativo de algunos de sus cuadros, que poco tendríamos que escribir; mientras que en otros sus sugerencias plásticas nos servirían para urdir tramas que jamás se nos hubieran ocurrido. Son la entelequia de lo posible mostrada de modo sintético.

Su modestia, cualidad tan poco frecuente entre artistas, le lleva a ciertas inhibiciones, en parte condicionadas por el explicable titubeo de sus pocos años. Pero tienen fácil tratamiento: Frecuentar una vez a la semana los ambientes del 'artisteo' de Logroño, o hacerse una foto jugando al ajedrez con el mismo atuendo que llevaba Eva Babitz cuando posó frente a Marcel Duchamp. Me ofrezco a representar el papel del creador del 'ready made' y a pedir a José Antonio Cadarso que haga la foto. Sería un momentazo.

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