MAYO

MAYO

La piedad popular ha sabido ungir el mes de mayo de sus particulares devociones. Así, el día 1 se celebra San José Obrero; el 12 la fiesta corresponde a Santo Domingo de la Calzada; el 15, San Isidro labrador pasa a primer plano, y se despide el mes con la Visitación de María

VICENTE ROBREDO GARCÍA

Si hay un mes esperado y celebrado, ese es el mes de mayo. Llega siempre tan galán, tan florido que nos conquista irresistiblemente: «Entra mayo y sale abril, / tan garridico le vi venir». El pueblo, rendido a su belleza, antepone la entrada de mayo a la salida de abril. ¿Qué importa que abril huya, siendo mayo quien llega, tan «garridico», tierno, juvenil?

El refranero no lo duda: «Las mañanas de mayo, las mejores del año». Lope lo razonaba hermosamente: «En las mañanicas / del mes de mayo /cantan los ruiseñores, /retumba el campo». A la sonrisa niña de la aurora, al trino del ruiseñor, responde el eco unánime, jubiloso del campo.

La piedad popular ha sabido ungirlo de sus particulares devociones. Así, el día 1 de mayo se celebra la fiesta de San José Obrero y, con él, la fiesta del Trabajo. Que la belleza de la creación armoniza muy bien con el esfuerzo humano por recrearla y transformarla. Que amar la creación, cuidarla con esmero es amar y cuidar nuestra casa común, hogar de todos. ¡Ojalá que, a la sombra piadosa de José, florezca el trabajo justo, digno, que hace de la labor de cada día ocasión de crecer en armonía, de progresar humanamente juntos!

El día 12 de mayo, la fiesta corresponde a Santo Domingo de La Calzada, patrón de su ciudad y de nuestra diócesis, cuya devoción impregna en alma y cuerpo a los calceatenses, que han sabido recoger su herencia y mantenerla viva y palpitante. Al amparo del santo, siguen siendo camino, abriendo sendas; siendo y tendiendo puentes; ofreciendo acogida afectuosa, generoso hospedaje. La ciudad, alta torre, templo vivo, siembra de caridad calles y plazas, corazones llagados, peregrinos. Cruzar Santo Domingo es alhajarse, impregnarse de un Dios que se hace amparo, respiración, impulso.

El día 15, es San Isidro labrador quien pasa a primer plano. Nuestra Rioja rural viste de fiesta y saca a San Isidro de la iglesia, lo lleva en procesión por calles, plazas, caminos, verdes campos. La yunta y el arado cobran vida y el cielo abre su azul y resplandece, haciendo diluviar sus bendiciones sobre los ganaderos, labradores, que fían lo mejor de su cosecha a quien con tanto amor labró los cielos. Ya el corazón presiente, en esperanza, mieses combadas, vides de excelencia, pan y vino eucarísticos.

Mas la flor de las flores, la que aroma y da luz al mes de mayo, es la Virgen María. Es la madre de Dios y nuestra madre. Los pastorcillos de Fátima (día 13) son felices testigos. El mes de mayo sabe a Ave María, a rosario de amor filial, a beso, a letanía inmensa, interminable. Que las palabras todas, por hermosas que sean, quedan cortas, no llegan a atisbar, a insinuar siquiera la belleza, la gracia, la ternura de su amor maternal, ancho, sin límites.

¿Quién no cantó de niño: «Venid y vamos todos con flores a porfía, con flores a María, que madre nuestra es»? Con flores a la Flor, a la Rosa escogida, a la que -alma de lirio- perfumó de alegría y Buena Nueva a Nazaret y al mundo.

Mayo se nos despide con la fiesta de la Visitación de María (día 31), cuyo saludo hizo saltar de gozo al precursor en el seno de Isabel. María se hace canto de alabanza al Dios que la ha mirado como solo Él sabe hacerlo; al Señor que «dispersa a los soberbios... y eleva a los humildes»; a Aquel cuya «misericordia llega a sus fieles de generación en generación».

Así es mayo. ¿Hay un mes que se atreva a comparársele?

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