MAQUILLAJE

CARLOS SANTAMARÍA - ANECDOTARIO

Pintan las fachadas desconchadas de los solares vacíos. Llegan los artistas y en unas semanas le cambian la cara al abandono; la medianera reluce con colorines pero el agujero sigue siendo el mismo. Se cuela el aire por el solar, sigue subiendo el frío en remolinos por las paredes pintadas y cuando quitan los andamios, regresan las palomas a la cornisa y las ratas al zarzal abandonado. Pero hay que hacer confortable la existencia cotidiana, y para eso cubrimos con maquillaje las heridas de nuestras calles igual que el enfermo se hace un tatuaje para camuflar la cicatriz.

Cuando cayó el bloque soviético, en Albania decidieron pintar de colores llamativos los bloques de viviendas construidos durante el régimen. Aquellas barriadas grises y deprimentes de Tirana eran, en ladrillos y cemento, las metáforas perfectas de la dictadura, así que les aplicaron pintura como si unas capas de color pudieran blanquear 45 años de opresión; lo más urgente era anestesiar los sentidos.

La gente tiene que pasear contenta por el gran centro comercial que es nuestro mundo, porque como dice el interventor en 'Un mundo feliz' «no hay civilización sin estabilidad social, y no hay estabilidad social sin estabilidad emocional». Estamos en la época de la cosmética a gran escala, todo tiene que adaptarse a esta blandura inocente en la que nos quieren hacer vivir, el parque de atracciones esponjoso e infantil que es nuestra sociedad. Por eso el espacio público se acomoda a estos tiempos donde nada debe molestar; es mejor disimular el problema que mirarlo frente a frente.

Lo último en maquillaje urbano ha sido pintar los cubos de hormigón de nuestras calles, esos bloques que se instalan para evitar que un asesino se lance con un camión y nos lleve por delante. En Logroño los hemos pintado con los tonos de la bandera municipal, en otros sitios los esconden en jardineras... es igual. A mí me gustaría verlos ocupar las calles desnudos, ásperos y sin pintura, como 'The Sphere', la estatua abollada y rota que preside Liberty Park en Nueva York. Es un trozo de metal feo y desconcertante que el 11 de septiembre cayó de las Torres Gemelas y que, de un solo vistazo, nos recuerda que el mundo no es Disneylandia.

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