MANTECA COLORÁ

ALBERTO PIZARRO CRÍTICA DE ARTE

Cuando yo estaba acabando el Bachillerato, mi padre solía mandarme en vacaciones a trabajar en el campo, a las órdenes del mayoral de la labranza, un castellano ulceroso y sentencioso que no se andaba con contemplaciones. Aquellas faenas me aburrían. Como los únicos aportes que encontraba era que me permitían lucir cachas en la verbena y un bronceado zonal, opté, para divertirme, por colocar las pacas al tresbolillo, hacer dibujos sobre el barbecho con las ruedas de tractor y creaciones por el estilo, a costa de reprensiones asperísimas...Hasta que el mayoral me dijo: «¡Ni el que asó la manteca!».

Acabada la faena veraniega, mi padre celebraba con los obreros 'la manada': les invitaba a una espléndida comida. Pero a mí me excluía. Cuando reivindiqué mi derecho a acudir, aprovechó para soltar su ritornelo: «Tú lo que tienes que hacer es estudiar». Detrás de madrugones, jornadas extenuantes y apartamientos no había otro objetivo que el campo me estragara y optase por empezar una carrera.

Las jornadas de 'Arte en la tierra' en Santa Lucía de Ocón me recuerdan todo eso; por más que su finalidad sea distinta y los artistas superen sideralmente en creatividad y formación a aquel muchacho que fui.

De haber vivido ahora mi padre -que dibujaba primorosamente y tenía una cultura que para mí quisiera yo ahora-le hubiera contado que hoy se tiene por arte acciones que se asemejan a mis enredos de muchacho; aunque con actuaciones a lo grande, más elaboradas mentalmente, con sofisticados materiales, llevadas a cabo a veces por gente con titulación universitaria y hasta desempeño de cátedra, y subvencionadas con dinero público. Seguramente habría dicho: «Asar la manteca». Eso es lo que piensan muchos artistas figurativos de La Rioja y el público en general-excepción hecha, entre otras, de los labrantines de Santa Lucía- respecto al evento que, con tenacidad y entusiasmo encomiables, organiza el matrimonio Reyes-Castellot. Sin embargo, doy cuenta gustosamente de esa 'mostra' por un doble motivo: la función crítica que me compete. Y sentirme, sin saberlo, pionero del 'land art' más modesto, impremeditado y bravío.

No me he personado en Santa Lucía para contemplar la sofisticada remoción del paisaje obrada por las artistas Natividad Bermejo, Monique Bastiaans, Agnes Pe y la bailarina Alba de Miguel, porque ya ha dado pormenor este diario el día 4 del corriente, y porque habría sentido una ternura estremecida, sin poder contener unas lagrimillas (de nostalgia, no de risa). ¡Cómo no me va a conmover una manifestación artística alejada sideralmente de la que yo urdí, sin ánimo alguno de lucimiento, en la mejor época de mi vida! Lo que se hace en Santa Lucía no es asar la manteca, sino manteca colorá. Manteca, en tanto lubricante del buen ánimo. Colorá, por la pasión de la libertad creadora en los artistas y el giro copernicano en la rutina de los lugareños.

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