MAMÁ, NO LES DEJES ENTRAR

La pantalla del Teatro Bretón afila los colmillos con el pase de uno de los títulos llamados a suscitar una catarata de adhesiones incuestionable. Un tema coyuntural, de peso social y consecuencias no siempre halagüeñas va reverberar, creo, más allá del final de la proyección. La propuesta, de afilada pulsión y mirada penetrante, va a tumbar a la gente y generar debates acerca de lo que se acaba de ver.

Jusqu'a a la garde (2017) es un drama que hace daño y remueve la conciencia. Está escrito y dirigido por el realizador francés Xavier Legrand. En su estreno comercial se va a conocer como Custodia compartida. Perfecto y ajustado. Con ese mimbre explicita sin cortapisa alguna en qué avispero se centra el tema principal de la película.

El filme tuvo una acogida sobresaliente en su proyección en el festival de cine de Venecia. Obtuvo dos destacados galardones: Mejor director y Mejor Ópera Prima. En San Sebastián se llevó el Premio del Público al mejor Filme Europeo. Estamos, sin duda, ante uno de los largometrajes más controvertidos y estremecedores de la temporada. Su visión es obligada. Pone los pelos de punta y el espectador asiste a un puñado de escenas que cortan la respiración. Cuando hay escenas violentas, tremendas y angustiosas, de feroz catarsis, con niños de por medio, la desazón aumenta y la inquietud por ser testigos de la violencia doméstica más cafre alcanza cotas terribles. Jusqu'a a la garde es un arreón que pone delante de los ojos del público una historia que no por conocida a través de los medios de comunicación resulta menos dañina. Sus imágenes son francas e intentan captar la realidad. Tienen fuerza y están rodadas sin miramientos: directo a la yugular. La fotografía sombría y un ambiente en amenaza permanente aproxima la trama al lado más oscuro del ser humano.

La primera secuencia es la rutina más común hoy en día en los juzgados que resuelven asuntos relacionados con la familia. Una juez escucha a las defensas de las partes, un matrimonio, formado por Myriam (Léa Drucker) y Antoine (Denis Menochet), divorciados y litigando por el hijo pequeño. En el rostro de ella intuimos dulzura y abnegación. La cara del hombre es adusta y fiera. A simple vista se piensa que la juez le va a conceder a la mujer la salvaguarda del crío. Pero no es así; dicta sentencia de custodia compartida para que el hijo menor tenga un calendario de tal manera que su padre pueda disfrutar de su presencia los fines de semana.

Este es el comienzo de un descorazonador infortunio. Antoine había sido acusado de maltrato. La elección del actor Denis Menochet (Malditos bastardos) encaja a la perfección. Su apariencia gamberra le delata. Te formas un juicio sobre él. La demostración viene enseguida: la primera jornada que Antoine debe recoger a su hijo. El niño se niega a subir al coche. Su madre le ruega que dé el paso. Cuando lo hace y se monta en el vehículo, su expresión de miedo absoluto, la forma cómo agarra la mochila, su derrotada defensa informa de manera concluyente que siente verdadero pánico. Thomas Gloria es el nombre del joven intérprete. Su actuación es portentosa y admirable. Un papel complicado. La fragilidad y desesperación de esos instantes, antes que la narración entre en el túnel del horror, define un estado de ánimo pero advierte que la película acaba de arrancar. Si un puñado de gestos intencionadamente coreografiados nos dan a atender el espanto y el pavor hacia una persona a la que no quieres y la odias, no es nada comparable cuando el cisma se desata y la violencia doméstica más bruta e incontrolada llama a tu puerta.

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