MALAS NOTICIAS

MALAS  NOTICIAS

«Él nos dejaba claro el secreto infalible de la dicha, y se identificaba con el pobre, el preso y el enfermo: con el que sufre paro indefinido, con el que lleva a cuestas su familia de país en país, con el sediento y el que está a la intemperie en cuerpo y alma»

IGLESIA

No cesan de llover malas noticias. Parece que las buenas no existieran o, humildes en exceso, no quisieran asomarse a la calle.

Niños abandonados y explotados, mujeres maltratadas, inicuos bombardeos, murallas de ignominia, paros indefinidos, refugiados sin tierra de acogida, fanatismos estériles...

Caen sobre nosotros como piedra nefasta sobre el trigo, como niebla que, espesa, va negando la vida. Se hacen tan cotidianas, tan frecuentes, que nos acostumbramos a vivir con ellas, respirarlas como lo natural de cada día, como si no hubiera más remedio que aceptarlas como habitualidad irreparable.

No es justa una visión tan negativa. Que también cada día llueven gracias. Que hay mucha buena gente cuidando de los suyos, tratando con cariño a los enfermos, haciendo su labor de cada día con primorosa entrega, sirviendo y acogiendo al marginado, reivindicando con tesón y audacia los derechos humanos, el cálido cuidado de la tierra, las siempre necesarias libertades.

Mas, aunque fuera cierto que la cizaña se alza sobre el trigo, contamos con arrestos y recursos para hacer de lo innoble y de lo injusto ocasión de sentirnos solidarios y de esparcir allí donde habitemos semillas de justicia y esperanza.

Recordaba Montaigne, en sus Ensayos, aludiendo a Pausanias, cómo un antiguo tañedor de lira obligaba a sus discípulos a oír a un mal músico, para que, oyéndole desafinar, aprendieran a no cometer sus errores y lograr la excelencia. De manera análoga, el autor francés confesaba que contemplar el horror de la crueldad le hacía ser más clemente, y oír un mal uso del lenguaje le hacía corregir y mejorar el suyo: «A falta de buenos ejemplos -afirmaba- me sirvo de los malos, cuya enseñanza es frecuente y ordinaria. Traté de volverme tan firme, como inconstantes eran los que me rodeaban; tan dulce, como rudos eran los que trataba; tan bueno, como malos veía a los de mi alrededor». Encomiable propuesta alternativa: reconvertir en justo y favorable lo injusto y enemigo. Como decía Tina Turner, «convertir el veneno en medicina».

No se privó Jesús, salvo del egoísmo, de ninguno de los males de la historia. Pero supo afrontarlos con valor y bondad, hasta volverlos amorosa gracia. A la violencia opuso su perdón, a la marginación su cercanía, a la magnificencia su humildad, su luminosidad a la tiniebla. Se dio fuente de amor a toda sed y al hambriento se dio Pan de la vida.

Y nos mandó que hiciéramos lo mismo. Que es la actitud, atenta o miserable ante el que sufre, lo que nos hace humanos o inhumanos, hermanos entrañables o desconsiderados egoístas. Que el amor es el fin y es el camino, e ir transformando el mal en bien, el sufrimiento en gracia es culminar felizmente la historia: «Venid, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme (...) Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,31-46).

Él nos dejaba claro el secreto infalible de la dicha, y se identificaba con el pobre, el preso y el enfermo; con el que sufre el paro indefinido, con el que lleva a cuestas su familia de país en país, con el sediento y el que está a la intemperie en cuerpo y alma.

¿No es esta la mejor de las noticias? ¿No invita a compartirla y celebrarla?

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