LLUVIA

CARLOS SANTAMARÍA

Durante mis años de universidad en Bilbao hubo una temporada en la que no paraba de llover. Ocurrió en cuarto curso y duró muchísimo, fueron seis meses de chaparrones tercos y desdeñosos. Todos los días diluviaba, no había forma de distinguir una jornada de la anterior y las semanas se fundían unas con otras en una espiral plomiza de cielos negros, lluvias y charcos. Pero una mañana, sin señal previa que lo anunciase, dejó de llover. La gente salió del metro y al encontrarse de repente con aquel cielo azul limpísimo se quedó desconcertada. Aquello era una cosa extraña, imposible, no se entendía bien. «¿Qué pinta el sol ahí en medio?», se preguntaban parados en plena calle con el paraguas en la mano; nos habíamos acostumbrado a la lluvia igual que nos acostumbramos siempre a todo lo malo de la vida: sin querer, sin darnos cuenta.

En estos meses de sequía he recordado mucho aquella temporada de diluvio universitario porque, como entonces pasó con el sol, ahora el día que llueva no vamos a saber qué hacer. Llevamos meses sin agua, no hay borrascas a la vista y los arroyos bajan secos, llenos de piedras redondas que no se mueven. La foto del embalse consumido ha dejado de ser noticia, ya no impacta esa escena desolada del viejo pueblo de Mansilla que parece sacada de un western de John Ford. Así que cuando de verdad venga la lluvia nos va a pillar por sorpresa y corremos el riesgo de acabar haciendo el ridículo; estos días han caído cuatro gotas y ya estaba el personal sacando fotos y apuntando con el dedo hacia el cielo como en las películas de Superman.

Pronto llegará la lluvia, que es un ingrediente fabuloso para potenciar el drama y por eso aparece tanto en el cine: la escena en la camioneta de 'Los Puentes de Madison', el final de 'A Sangre Fría', 'El Cuervo', 'Blade Runner', 'Parque Jurásico'... secuencias inolvidables a las que les quitas el aguacero y encogen, se quedan convertidas en la obra de fin de curso de tu sobrina pequeña. También hay cientos de buenas canciones lluviosas; un día cualquiera te pones 'Riders On The Storm ' de los Doors y al mirar por la ventana ves cómo empieza a jarrear; es una cosa automática, con esa canción siempre llueve aunque no caiga una gota.

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