¡LLEGAN LAS FIESTAS!

El día de la fiesta hay que recuperar para el pueblo aquello tan bonito que estamos perdiendo, la ilusión, el deseo de vivir, la paz y la armonía

IGLESIA

Y con ellas, nuestros pueblos cobran vida. Los pequeños, tal que el mío, se aceleran y suben como la espuma. Los grandes echan la casa por la ventana y convocan a toda la comarca, no sólo a los jóvenes. La diversión se hace calle en forma de charangas, encierros, degustaciones, chiquiteo. Bullicio, jaleo, alegría.

Nunca he visto a los abuelos, tan orgullosos, tan extrovertidos, tan dicharacheros, como en esos días. Están en su salsa, en su terreno. En su calle, en su barrio. Y presumen, porque para eso pueden hacerlo. Presumen del hijo que sacó una oposición a notarías y de la hija bien casada. Y presumen del nieto que cada día está más alto y de la nieta que cada día está más guapa. Y hacen bien, porque el pueblo el día de la fiesta está apostando por un futuro que nadie quiere se tuerza.

Y la fiesta es alegría. Ya tiene cada día su propio afán, que a menudo es oscuro y tristón. Y la alegría, que nadie lo dude, es contagiosa mucho más que la belleza. Y la alegría une, une a todos, siempre y cuando sea algo más que el efecto del alcohol.

Y la fiesta es estreno. Ya quedaron atrás aquellos trajes de pana y aquella camisa blanca de los días de fiesta, tan escuetos, tan iguales. Gracias a Dios que así es, aunque aquellas privaciones unían mucho más que los cajeros de hoy.

Y la fiesta es comida. Y es bebida. La campana garbancera hace años que calló: solamente habla, canta y baila en la procesión. La procesión. ¿Quién no ha vibrado en algún momento de su vida ante la imagen de la Patrona, de su Patrona, la Virgen de agosto, con las mujeres cantando, las jóvenes del bracete, los críos, siempre inquietos, y el pueblo, la gente, al paso tranquilo, como quien lo tiene todo muy bien aprendido? ¡Qué recuerdos tan entrañables guardo yo de la bajada a la ermita de la Concepción, allá a la vera del río, con la danza, las jotas vividas y sentidas como el vino añejo, y aplaudidas como quien aplaude lo natural, lo bueno, lo sencillo, lo nuestro!

Y luego la misa. La iglesia llena como no se llena más que en fiestas. Allí estamos todos. En un hermanamiento que es algo más que la pura cortesía o el afán de quedar bien. Curas de fuera, conocidos, vecinos, o del mismo pueblo. El templo relimpio, brillante, acogedor. Flores, luz, cantos, muchos cantos. Sermón corto y sentido. Fervoroso y que sirva para algo, aunque casi nadie está ya para muchos sermones.

El día de la fiesta hay que recuperar para el pueblo aquello tan bonito que estamos perdiendo, la ilusión, el deseo de vivir, la paz y la armonía. Nuestros políticos nos dan el horroroso ejemplo de la corrupción y de no ponerse de acuerdo nunca jamás. Los grandes deportistas sólo piensan en el dinero y en su propia imagen. Los eclesiásticos tampoco estamos a la altura de lo que se nos pide y exige. Un telediario es una bomba en la línea de flotación de la ilusión y de las ganas de vivir. Solamente nos queda la familia, como fuente inagotable de regeneración social, ética y moral. Y de estímulo. ¿Qué hacer? Volver a las raíces. Volver a aquella institución, la más fuerte, en la que cada uno es querido por sí mismo y en la que prima la vida, el amor, la ternura. ¡Esa es la fuente de la alegría! No hay otra. Me atrevería a terminar este escarceo por nuestras fiestas pidiendo y urgiendo: «Familia, sé fiel a ti misma». Si acaban contigo, lo arrasarán todo. Y eso no lo permitiremos.

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