LOS LÍMITES

«El ser humano es fronterizo, guardián de lo alcanzado y lo sabido, mas siempre abierto a nuevos horizontes; custodio de lo propio, pero siempre dispuesto al crecimiento, a penetrar lo hermético»

VICENTE ROBREDO GARCÍA

Es frecuente escuchar que en esta vida todo tiene un límite, incluida la paciencia; inclusión ésta no demasiado justa, porque si la paciencia fuera limitada ya no sería tal o lo sería menos. Hasta hay quien pone coto a la virtud, como si la bondad tuviera un precio, pudiera subastarse; como si ser bondadoso sin cálculo o medida rozara la ingenuidad o el despropósito.

Más difícil resulta concretar dichos límites. Es como pretender domar el aire, escribir sobre el agua. Y es que el anhelo y el progreso humanos nunca se satisfacen: cada logro engendra un afán nuevo, apunta a un más allá entrevisto siempre.

El atletismo es una muestra. ¿A qué velocidad puede correr un ser humano? El 16 de agosto del 2009, en los Mundiales de Berlín de Atletismo, Usain Bolt dejaba el récord de los cien metros lisos en un tiempo de 8,59s. Marca que, a buen seguro, volverá a ser batida, como la que parecía inalcanzable de Bob Beamon en salto de longitud (8,90m en las Olimpiadas de Tokio de 1968), superada por Michael Powel (8,95m en los Mundiales de Atletismo de Méjico de 1991). ¿Dónde están los límites? ¿Será capaz un día el ser humano de alcanzar al guepardo, de saltar como un puma o un antílope?

Es indudable, somos limitados, pero también capaces de ensanchar nuestros límites. El 'limes' era la zona de defensa fronteriza del Imperio Romano, la zona de seguridad, a veces constituida por los ríos, a veces por murallas y por torres. En torno a ella se originaron áreas de intercambio comercial y cultural con las tribus extranjeras y a partir de ella podían establecerse nuevos límites. Eugenio Trías ha tomado esa realidad histórica como imagen de su reflexión. El ser humano es fronterizo, guardián de lo alcanzado y lo sabido, mas siempre abierto a nuevos horizontes; custodio de lo propio, pero siempre dispuesto al crecimiento, a penetrar lo hermético. Y es que lo que nos condiciona hace a la vez posible el crecimiento y la transformación. ¿Quién iba a imaginar que siete notas iban a dar un Mozart, Bach, Beethoven, podían componer tal universo de música perenne?

Lo real está ahí, se nos ofrece a ser colonizado y valorado; nos busca, abre sus puertas, sus bosques, sus jardines. Basta con aceptar la invitación a sumergirnos en su contemplación o en su disfrute, para entrever su gracia incalculable. Sin llegar nunca al límite, basta con detenerse en un detalle para atisbar su generoso fondo: un pétalo de luz puede impregnarnos de un aroma infinito y el ala de un halcón proporcionarnos espacios insondables.

Sí, hay situaciones límite, en las que la tarea nos supera, nos cuesta respirar y nuestra vida linda con la muerte. Un hálito de amor puede bastarnos para reemprender la marcha, para cargar de nuevo sobre el hombro el haz de las labores cotidianas, para elevar la vista tratando de otear nuevas promesas. ¿Quién que ama piensa en límites?

Un misterio de amor nos interpela. Dentro y fuera el Amor es quien nos hiere, pero su herir nos salva: Jesús, Hijo de Dios e Hijo del Hombre, el Hombre del Espíritu, el todo y solo amor sin condiciones, la voz de lo entrañable. Murió de amor, amor de cielo y tierra. De tanto amar mató a la misma muerte, la aniquiló en la historia y anuló todo límite. «Venid a mí cuando os halléis cansados..., que yo os aliviaré» (Mt 11, 28). ¿Mayor alivio? Si un gesto, una persona pueden cambiar, esperanzar el mundo, ¿qué no podría hacer un pueblo, unido a Él?

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos