Esta Navidad, el papel es el regalo

En la revista 'Lire', se dice de la literatura del escritor guatemalteco Eduardo Halfon «que no necesita escribir largo para decir mucho». Me parece una frase exacta para compendiar, además de su talento como escritor, una forma de entender la escritura y lo que con ella se puede hacer por un mismo y por los otros. Halfon hace en 'Duelo' un ejercicio de introspección donde a quien más se compromete con su duelo personal es al que está leyendo. El lector asistirá a un proceso de desentrañamiento de un vacío familiar que el autor debe llenar. Con el paso de los años, decide entrar en ese secreto que fue su hermano muerto a muy temprana edad. Esa indagación le lleva a su duelo personal. Pero también a un pasado histórico. 'Duelo' nace de una prohibición paterna. No hablar nunca de ese luctuoso hecho. La prohibición se vuelve necesidad imperativa de no acatarla. Y la escritura, nítida y dolorosa, cumple su objetivo crucial. El secreto desvelado se convierte memoria recuperada en este libro esencial.

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En uno de los cuentos de Hawthorne, 'Wakefield', un hombre se va de su hogar, sin dar explicaciones, para instalarse en la calle siguiente y espiar a su esposa, que lo da por muerto, hasta que, 20 años después, reaparece y reanuda su vida conyugal como si nada. Hawthorne ubica ese relato en Londres, lo que lo hace verosímil dado el reservado carácter británico. Algo de eso sucede con Nevinson, el personaje de 'Berta Isla', un tipo de familia inglesa afincada en España que es reclutado por la inteligencia británica. Si Nevinson hubiera sido cien por cien español y lo hubiera reclutado el CNI, habría resultado poco verosímil. Lo es porque tira de la tradición novelesca de los Le Carré y Greene así como de la propia tradición de Marías, de sus novelas oxonienses y de una anglohermética psicología que contrasta con el carácter hispánico de Berta Isla, una esposa que arrastra rasgos de la mujer tradicional en la relación con ese hombre que se convierte para ella en un hawthorneano fantasma.

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En la prosa de calidad mayúscula de Luis Landero resuena el eco de grandes clásicos, Cervantes sobre todo; sus historias hablan de hombres en construcción. Seres necesitados de absolución, mágicos aprendices, inmaduros asomados al balcón de la vida. La adolescencia está en la esencia misma de sus personajes. Hugo, protagonista de 'La vida negociable', no es una excepción. Hay algo adolescente en toda su peripecia, no sólo en la etapa de aprendizaje, sino cuando ya cuarentón lo dejamos «de camino a lo que salga», fuera de la novela. Construye una historia alrededor con la que explicar su ir y venir, sus contradicciones, desde que su madre depositó en él un secreto. Presume de magníficas cualidades innatas, aunque no ejerce otro oficio que el de peluquero. Su afán en justificar el pobre resultado de sus aspiraciones, no oculta al pícaro poco dispuesto al esfuerzo que lleva dentro. Pero su habilidad es moverse en la frontera misma de la honradez, pensar en la vida y buscar un argumento que lo cobije. Así nos conquista.::

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