LIBROS

CARLOS SANTAMARÍA ANECDOTARIO

Me cuesta mucho dejar un libro sin terminar, porque cerrar su tapas ruidosamente y dejarlo inacabado en el hueco de la estantería es una especie de rendición. Esto nunca me pasa con el cine, de donde he salido huyendo más de una vez ante películas mediocres o prescindibles. Ahí os quedáis, comediantes, las palomitas me las llevo. Lo que pasa es que creo en lo de Borges, quien decía que el libro es el mejor invento del ser humano por ser una extensión de la memoria y de la imaginación, y eso merece respeto. Por muy nefasta que sea la historia o el estilo del escritor no me gusta claudicar, así que muchas veces me encuentro leyendo páginas y páginas espantosas con el único objetivo de acabarlas de una vez.

Hay muchos libros terribles, muchísimos. Libros que hacen que hasta la lectura del prospecto del paracetamol te parezca emocionante. Cuando empiezas uno malo te metes en una trampa. Lo coges, lees un poco y al rato lo dejas tirado en el sofá. Luego te levantas, sales de casa y al volver notas su triste mirada de celulosa perforándote la nuca. Ahí está ese libro horrible pidiéndote que lo leas, y tú, que te haces el loco delante del frigorífico, sabes que volverás a cogerlo. En 'Tokio Blues', novela que estuve a punto de abandonar cien veces, el personaje de Nagasawa sólo lee libros de autores que lleven muertos al menos 30 años. Es una decisión que estoy a punto de adoptar, así me ahorraría tiempo y desilusiones literarias.

Acabo de terminar el que decían que era el thriller del año, 'La sustancia del mal', y no es más que un esforzado trabajo para fabricar bostezos. Otro fiasco gigantesco lo sufrí este verano con uno sobre zombis titulado 'Zona Uno'. El autor venía avalado por el Pulitzer y el National Book Award, pero el libro era infumable. Lo terminé tumbado en la playa y me quité un peso de encima. Qué cosa más lamentable. Pero me gusta verlo en la estantería, porque como decía Bécquer, el recuerdo del libro es más importante que el libro mismo. Ahora lo miro y vuelvo a las tardes en la playa, con granos de arena fina colándose entre sus páginas y el sol poniéndose en el mar de Las Landas. Qué libro más malo y qué buenos recuerdos.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos