LA LIBRERÍA

Un lector ojea las estanterías de una librería logroñesa. :: díaz uriel/
Un lector ojea las estanterías de una librería logroñesa. :: díaz uriel

«Escuchar con los ojos, dialogar con la vista, cara a cara, con tantos, tan egregios contertulios es el fruto en sazón que dan los libros»

IGLESIA

La librería es un regalo. En medio de la urbe o en los barrios, en el pueblo pequeño la librería es un don que se nos brinda al alma de los ojos. Entrar siempre compensa, depara inesperadas aventuras, encuentros fortuitos, sorpresas agradables, asombros que entretienen y levantan el ánimo.

Los libros son familia, comunidad humana, ciudad abierta a todos. A nadie se rehúsan ni ponen mala cara; se dejan ojear, acariciar, dan gratamente lo mejor de sí mismos.

Saben mostrar semblantes adecuados a todas las edades, a todas las ideas, a todos los oficios. De todos los tamaños y colores, ofrecen sus espléndidos tesoros por un módico precio.

Un libro enseña mucho, abre caminos, explora nuevas tierras. Como decía Kafka: «La literatura es siempre una expedición a la verdad». Sí, es una hermosa, larga marcha hacia una verdad que se revela más compleja, más atractiva cuanto más se lee. Y que nunca defrauda.

El viaje de leer apenas si precisa de equipaje. Basta la desnudez del que se deja vestir de nuevos soles, nuevos aires, incluso nuevos fríos. Que la lectura sabe de fulgores tanto como de sombras, y, si entusiasma en muchas ocasiones, en otras tantas provoca escalofríos. Que un libro asume tanto las llagas doloridas de lo humano como la gloria insigne de sus sueños.

La lectura libera, abre horizontes y da capacidad de conquistarlos. Y ayuda a discernir y no se deja llevar por voluntades arbitrarias, ajenas a uno mismo. Teresa de Jesús, buena lectora, recomendaba con acierto: «Lee y conducirás, no leas y serás conducido».

Ir a una librería es encontrarte con los sabios que son y los que han sido. Que su palabra sigue siendo fuente de amenidades doctas, de grata compañía y de sosiego.

Allí están los poetas, cuyos versos palpan lo cotidiano como nadie y atisban como nadie el infinito. Allí los narradores, dramaturgos que levantan su voz, sus personajes para representarnos, convertirnos. Allí, los pensadores, hurgando en los porqués, en las razones de lo real, sencillo y tan hermético.

Allí en buena armonía comparten anaqueles la historia con la ciencia, el arte con la técnica, la religión, la lógica y el mito. No nos extraña nada que Quevedo consolara sus hora solitarias, lejos de las intrigas de la Corte, con los grandes autores que, si muertos, mantenían el don de la palabra a través de sus obras: «Retirado en la paz de estos desiertos, / con pocos, pero doctos libros juntos, / vivo en conversación con los difuntos, / y escucho con mis ojos a los muertos».

Escuchar con los ojos, dialogar con la vista, cara a cara, con tantos, tan egregios contertulios es el fruto en sazón que dan los libros.

La librería ofrece en cada época del año bocados apropiados y exquisitos. Estos días nevados, las nuevas traducciones de La Canción de Navidad, de Dickens, que rezuma ironía hacia los oficialmente honorables y rebosa piedad para con los necesitados. O nuevas ediciones de la Biblia - el Libro de los libros - que nos revela, como el claro del bosque, la clave de la vida, de todas nuestras vidas: el amor de Dios que se hace carne en Cristo.

A la hora de adquirir vienen las dudas. No es posible comprar, llevarse todos los que nos han llamado y seducido. Pero, por otra parte, saber que están allí, que nos aguardan siempre fieles, da pie para el consuelo del regreso.

Y uno sale contento con la carga ligera bajo el brazo, soñando con poder llegar a casa para abrirlos de nuevo y degustarlos ya reposadamente. Y esperando el momento de la vuelta, del saludar de nuevo, y repescar aquellos que dejaste...

Y que la librería siga allí.

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