LEÑA VERDE Y GENTE JOVEN...

ALBERTO PIZARRO

El moderno Colegio de Ingenieros Técnicos Industriales de La Rioja tiene una amplia sala de usos múltiples en la que a decir de su decano, Jesús Velilla, pretenden hacer un par de exposiciones relevantes al año. El día 05.10 inauguraron la de Alfonso da Silva, licenciado en Bellas Artes, doctor en Historia, profesor de la disciplina en la UNIR y pintor con una cuajada trayectoria. El que en la apertura nos ofrecieran unos entremeses -que ya hubieran querido en muchas bodas de alta braga- y tuviéramos ocasión de echar una larga parrafada con el autor, Toño Vega y Juan José Rencoret -pintores que filosofan- habría quedado en mera anécdota si lo colgado no hubiera sido de categoría. Y lo era. Se comprende que si, además, el regreso a casa me lo vehiculó una mujer lista, chula y turgente, todo fue miel sobre hojuelas.

Óleos, grafitos y técnicas mixtas para desnudos -algunos descabezados, con espeluznantes historias detrás- y retratos hiperrealistas que nos remiten a Paul Valéry: «Lo más profundo que hay en el hombre es la piel». La piel, sobre todo de la cara, reflejo de la vida actual y pasada. Arrugas, manchas, cicatrices...Y a través de ella, cual vivo velo transparente, el rictus raro, la sonrisa estereotipada o incontrolada, el ceño indomeñable, la mueca rebelde. Porque la educación sólo acostumbra y doma hasta un límite. El rostro de los demás -y más el propio- siempre tiene claves no desentrañadas.

Da Silva se ha impuesto la ardua tarea de psicoanalizar por la epidermis, de dejarnos un bello informe 'clínico' en cada cuadro, metáforas de las personas. Tomando zonas de esa frágil y cambiante coraza de nuestro cuerpo que es la piel, no hurta esos rasgos biográficos cutáneos que hoy está tan en boga disimular con la contribución de afeites, esteticistas y cirujanos. Retratos decodificadores, análisis de lo que la persona quiere mostrar y de lo que oculta; que si para el espectador ocasional pueden estar acabadísimos; quizá no tanto para el autor y los retratados, acogidos a la aseveración del clásico: «Las obras no se acaban, se abandonan».

Da Silva se vale de la técnica hiperrealista, por cuanto son representaciones narrativas y emotivas; distante de la fotorrealista, que utiliza un proceder parecido pero omite connotaciones simbólicas. Al retrato hiperrealista se llega por dos caminos: el del proyector de diapositivas, que permite calcar los perfiles y luego ponerse a la faena propiamente pictórica; lo cual tiene algo de impostura, de falta de oficio. O el de la cuadriculación o el abocetado, para llegar al grafito o al óleo; que es el 'legal', el que sigue nuestro artista.

En la patria chica de Da Silva dicen que «leña verde e xente nova, todo é fume» (leña verde y gente joven, todo es humo). Este gallego, afincado en La Rioja, será joven; pero su obra no es humo. Nos ofrece «gozo de gozos: el alma en la piel», que hubiera dicho mi paisano Jorge Guillén. Alma en la piel que, mire por dónde, puede gozarse hasta el Día de Difuntos en el COITIR.

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