YO SOY LA JUSTICIA

La programación cinematográfica de Actual 2018 alcanza su cima con la ingeniosa y mordaz película norteamericana 'Three billboards outside Ebbing, Missouri', escrita y dirigida por el realizador Martin McDonagh (Escondido en Brujas, 2008). Por este trabajo, el cineasta británico consiguió el premio al Mejor Guion en el festival de Venecia. En San Sebastián fue el público quien premio esta ácida crónica negra.

Drama temperamental y comedia sarcástica hacen en este filme un maridaje irreprochable. Larga vida. No sé si se convertirá en el transcurrir del tiempo en un clásico imprescindible, en una pieza consagrada, rozando la etiqueta de culto, pero tiene trazas de ser un título de irresistible carisma, de empatía contagiosa. 'Tres anuncios en las afueras' despliega un cinismo impetuoso. El largometraje pertenece, por sus características geográficas, al linaje de las producciones burlonas que satirizan la rústica manera de ser de los personajes de la América Profunda. Su acción se ubica en un pueblo donde a simple vista sólo transcurre el devenir de la vida sin nada que altere su feliz rutina.

Sin embargo, esta paz idílica y confortable se va a derrumbar. Las miserias morales y los instintos básicos van a reventar la fachada de cordialidad. Un acontecimiento grave, la muerte de una alocada adolescente que se ha escapado de casa, consigue trastocar la apacible convivencia y alterar un modo de existencia monótono y apagado. La madre de la criatura, Mildred Hayes, encarnada con una maestría talentosa llena de capas por la actriz Frances McDormand, contrata tres paneles enormes de publicidad a la entrada de Ebbing para reclamar justicia de la policía local por lo que ella considera una negligencia del jefe del estamento policial de Ebbing.

Woody Harrelson interpreta al sheriff al mando de la investigación que archivó el caso con exceso de premura. Se siente molesto y desacreditado. Encarga a su ayudante (atención al papel de Sam Rockwell como funcionario desidioso y acomplejado por su madre) mitigar la protesta y solventar la denuncia de Mildred. Una vez los elementos enfrentados colisionan, la película se salpica de un puñado de escenas que se mueven entre la violencia sin paños calientes y la farsa más picajosa. Nadie da su brazo a torcer y la crispación añade, además, daños colaterales, sobresaliendo el retrato moral y canallesco de una comunidad contradictoria, amantes de los estallidos gamberros como de instantes delicados y líricos. De tal guisa, el espectador, expectante por lo que está viendo, observa por igual como lanzan a un individuo por la ventana del primer piso a la calle con una naturalidad asombrosa o vislumbra tiernas estampas de coqueteo entre Mildred y un inesperado galán interpretado por el actor enano Peter Dinklege (Juego de Tronos).

Así las cosas cada cual defiende su territorio. No hay tregua. Todo se dimensiona. La mujer exige la apertura del expediente y la detención de los culpables y la policía acogotada en su ineptitud y ridículo proceder desoye la sugerencia. Este avispero pueblerino es aprovechado por Martin McDonagh para ofrecer una visión vitriólica, de choque de pareceres y temperamentos que basculan entre la desatada agresividad y la ironía bufonesca que permite la carcajada sin tapujos. Sus elaboradas imágenes nos traen el recuerdo de la literatura a bocajarro de Jim Thompson (1280 Almas) y los primeros cuentos feroces de los hermanos Coen.

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