JULITA Y LOS ESPÍRITUS

JULITA Y LOS ESPÍRITUS

JOSU EGUREN

No hay discusión al respecto: El personaje revelación del año es una mujer real, tan viva y tan real que ni siquiera el guionista más osado se atrevería a proyectar los descacharrantes requiebros de una biografía imposible que se desmiga a lo largo de catorce años de grabaciones interrumpidas por la excepcionalidad de la narración. A simple vista, podríamos confundirla con una jubilada anónima de clase media pero en su primer vis a vis con la cámara se despeja cualquier tipo de duda: Julia (Julita Salmerón) es un torbellino con un magnetismo que ilumina la pantalla haciendo suyo el centro de un relato que deriva en metáfora de una España golpeada por la crisis y atrapada en las contradicciones de la Transición.

Julia nació en el seno de una familia acomodada, se casó con un ingeniero mecánico y dio a luz a una prole numerosa. Nada extraordinario para una mujer que vivió de lleno los 'mejores años' del franquismo, salvo por un pequeño detalle; sus aspiraciones vitales pasaban por tachar de la lista el tener 'Muchos hijos, un mono y un castillo', y las consumó. Hasta aquí lo anecdótico de la premisa que da pie al documental, y a partir de aquí las increíbles revelaciones que se van filtrando a medida que el director (e hijo de la protagonista) examina las fotos del álbum familiar. Franqueada la barrera del pudor, en un generoso ejercicio de honestidad que nos permite hurgar en las alegrías y las miserias de los Salmerón, la cámara se convierte en ojo de lo privado de un clan que afronta su fase decadente armándose de una extraordinaria vitalidad. Si Michi Panero acertó a definir 'El desencanto' como la posibilidad de una vida, en 'Muchos hijos, un mono y un castillo' la vida se enfrenta como posibilidad (la única), lo que da lugar a situaciones que no por esperpénticas dejan de espejar un retrato de realidades inconfesables que muchos reconocerán como propias.

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