UNA ISLA DE FELICIDAD

JONÁS SAINZ

La noche de Todos los Santos vi resucitar a Don Juan Tenorio en los salones del Círculo Logroñés. Un pequeño milagro de unos cuantos románticos empedernidos. Vi bordar la escena del sofá a dos amantes del teatro, vi a Concha Arribas soportar como madre abadesa la ira del comendador Fernando Gil Torner, incluso a Bernardo Sánchez vi servir vino en la taberna de Buttarelli. Y qué vinazo... En fin, la buena gente del rico Teatro Pobre y unos cuantos voluntarios recuperando de la tumba una tradición que creía muerta y enterrada para compartirla con el público apenas a la distancia de un abrazo. Además, lejos de caer en un homenaje rancio al mito del personaje españolazo, machista y burlador, el montaje era crítico con cualquier forma de abuso contra la mujer. Se trataba, sobre todo, de reivindicar el clásico como fiesta popular; el teatro como parte de nuestra cultura. El teatro feliz de sus amantes. Y así fue, un buen rato de felicidad que espero puedan disfrutar muchos más en adelante cada 31 de octubre.

Esa misma noche, en televisión repusieron 'La venganza de Don Mendo' y, aunque lo suyo habría sido emitir un Tenorio, mi felicidad fue ya completa con Fernando Fernán Gómez, Juanjo Menéndez, María Luisa Ponte, Garisa y compañía... Cuentan que a Fernán Gómez no le cayó bien el encargo de dirigir aquel bromazo de Muñoz Seca, pero él desenvainó su talento y su mala leche y, con sarcasmo descabellado, convirtió una obra que ya era descabellada y sarcástica, en una parodia descacharrante: 'Sabed que menda es don Mendo y don Mendo mató a menda'. La felicidad más simple y teatral en unos ripios.

La felicidad, esa alegría tan plena como pasajera, ha vuelto con 'La ternura', una comedia shakesperiana de Alfredo Sanzol que ha nacido con vocación de clásico y que debería representarse todos los días a todas horas en todos los teatros. Porque es pura fiesta, divertimento puro, teatro feliz, felicidad hecha teatro. Una obra que hay que ver con alguien a quien quieras de veras para poder recordarla como un retazo alegre de la infancia, como un reflejo gamberro de las ilusiones juveniles o como una confidencia compartida que nadie más puede entender.

Es, otra vez, Teatro de la Ciudad, una de las mejores noticias de la escena madrileña en las últimas temporadas. Después de debutar por todo lo alto con tragedias griegas, ha continuado con comedias shakesperianas y, aunque era difícil, no ha decaído el nivel. Tras el hieratismo intenso de su 'Edipo rey', esta vez Sanzol, se desata y riza el rizo con una comedia acrisolada de 'La tempestad', 'Noche de reyes', 'Como gustéis', 'Mucho ruido y pocas nueces' y ' Sueño de una noche de verano' que de buena gana firmaría el bardo inglés, sin remilgos para el plagio. Un Don Juan sin tenorios, un Don Mendo sin venganza; un William Sanzol sin parodias ni embelesos, pura ternura, grandísimo espectáculo. Pleno sentido de la fiesta que es el teatro isabelino. Teatro consagrado en La Abadía tan sincero como el que hacen los aficionados y de la alta escuela de los grandes artistas.

Tres damas huyen de los hombres y se refugian en una isla donde tres hombres se ocultan de las mujeres. A partir del inevitable encuentro entre los seis, surgen los engaños, los enredos y los líos entre sexos. Y surge, inevitablemente, el amor, manifestado a través de la enorme humanidad de los personajes, de su ternura. Y con un texto brillante, surge el humor a través de la formidable interpretación cómica de Juan Antonio Lumbreras, Elena González, Natalia Hernández, Paco Déniz, Eva Trancón y Javier Lara, que hacen contagioso su placer de ser actores y actrices de un arte antiguo y siempre nuevo. Felicidades compartidas.

El teatro, nuestra cultura. El clásico como fiesta. Un volcán de risa y de sentido. Una isla de felicidad.

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