El inventor del Mar Muerto

Antonio flota sobre su agua 'mágica' en plena demostración. :: Foto cedida por De alba patents

El científico español Antonio Ibáñez de Alba acaba de patentar un agua en la que es imposible ahogarse. «Quiero acabar con la principal causa de muerte accidental de niños en el mundo»

IRMA CUESTA

Para cuando Antonio Ibáñez de Alba (Chiclana de la Frontera, 1956) sacó del agua en Ceuta a un amigo que estaba a punto de ahogarse, ya acumulaba una lista interminable de inventos. Sin embargo, fue aquella experiencia la que le decidió a hacer algo al respecto. Obsesionado con el dato de que los ahogamientos son la primera causa de muerte accidental de niños en el mundo (hasta el 15 de agosto, en España suman ya 339 las personas ahogadas), este ingeniero se puso manos a la obra hasta dar con la forma de impedirlo. Primero ideó una piscina con suelo móvil que se acerca a la superficie cuando detecta un peso sostenido. Luego, ese agua que, sin contener sal, resulta treinta veces más densa que la normal gracias al aporte de productos naturales como los que habitualmente se usan en champús o geles y que, como ocurre en el Mar Muerto, hacen imposible que un cuerpo se hunda. «Incluso en el caso de que el bañista quede boca abajo, la presión del aire de la caja torácica hace girar el cuerpo, impidiendo que trague agua», asegura.

Antonio reconoce que a mucha gente le resulta difícil creer en un agua sin sal en el que se flote en cualquier postura, pero asegura que en poco tiempo aquellos a los que les interese podrán acudir a la tienda y comprar el producto. «Tiene una caducidad de entre dos y cinco años; se echa a la piscina en sólido, se pone la depuradora en circulación y a las 24 horas ya es una agua flotante. Además, mantener ese agua requiere el mismo trabajo y la misma atención que hasta ahora exige una piscina con agua normal», dice.

Como si con eso no fuera suficiente, este ingeniero industrial formado en Barcelona y Estados Unidos presentará en solo unas semanas el que será (de momento) su último invento: un sello serigrafiado, parecido al que usan algunas discotecas para controlar la entrada, que se aplica sobre la nuca y, gracias a una tinta conductora asociada a un algoritmo, controla el tiempo que los bañistas están sumergidos. Eso, mientras trabaja en otra idea que lo convertirá en una suerte de Moisés del siglo XXI: abrir las aguas.

Palmeras artificiales

La vida de Ibáñez de Alba daría para escribir más de una novela. Nacido en Chiclana y criado en Barcelona, en una familia de agricultores y militares, este inventor incansable ha trabajado para la NASA desarrollando un reactor magnético, creado árboles apaga fuegos, diseñado un modelo de autopistas submarinas, zapatillas inteligentes, un sistema de identificación mediante reconocimiento óptico de huellas digitales, un parche de aplicación de insulina para diabéticos y, por su puesto, sus famosas palmeras artificiales.

Puede que algunos no lo recuerden, pero esta especie de Leonardo Da Vinci español ideó en los 80 una palmeras artificiales capaces de modificar el clima en el lugar más inhóspito. Un invento por el que en su tierra le tacharon de loco pero que logró llamar la atención del mismísimo Gadafi, empeñado en convertir las enormes extensiones de desierto africano en tierra fértil. «El entonces presidente de Libia me llamó, me puso sobre la mesa mil millones de dólares de los de entonces y me encargó instalarlas en una zona. Colocamos 50.000 palmeras y entre ellas fuimos plantando árboles frutales. En un año se redujo en la zona la temperatura máxima cerca de diez grados y conseguimos que la humedad, hasta entonces del 0%, pasara a ser de entre el 25 y el 30% mientras veíamos crecer los naranjos».

Aunque la inestabilidad política le obligó a dejar el país cuando las cosas comenzaron a complicarse, Antonio mantiene que sus palmeras y el agua a prueba de ahogamientos son sus dos inventos favoritos. «Un día mi hija pequeña vino del colegio contándome que mis árboles artificiales aparecían en su libro de texto. Me lo decía orgullosa de su padre, así que, ¿cómo yo no voy a estarlo?».

Casi tres décadas y 300 patentes después de haber decidido convertirse en inventor, si alguien cree que ha agotado el ingenio se equivoca. El chaval que enredaba con todos los aparatos que encontraba por casa cuando apenas tenía diez años (a esa edad convirtió un tocadiscos en una radio que sintonizaba todas las emisoras) anda ahora enredado en encontrar la forma de preservar en el mejor estado posible el césped de los campos de fútbol. Cuando Antonio entra en la Oficina Española de Patentes, a más de uno le entran ganas de hacerle una reverencia. No es para menos. «La verdad es que allí tengo ya grandes amigos», admite.

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