Íñigo, el periodista que lo hizo todo

José María Íñigo (arriba) y en la foto de abajo, con el mentalista  Uri Geller en el programa 'Directísimo', el 6 de septiembre de 1975./
José María Íñigo (arriba) y en la foto de abajo, con el mentalista Uri Geller en el programa 'Directísimo', el 6 de septiembre de 1975.

Fallece a los 75 años el presentador bilbaíno, icono de la radio y la televisión españolas en el último medio siglo

OSKAR BELATEGUI

La televisión en blanco y negro en nuestra memoria es el mostacho de José María Íñigo y la cuchara doblada de Uri Geller. «Uno de los momentos clave de mi infancia», recuerda Álex de la Iglesia. Para las nuevas generaciones, Íñigo permanece asociado a Eurovisión y a sus comentarios sabios, inmisericordes, sobre la historia de un festival que le mantuvo en primera línea de la comunicación hasta hace muy poco. Ayer moría a los 75 años en Madrid una leyenda de la radio y la televisión, un rostro y una voz que siempre han estado ahí.

La noticia la daba Pepa Fernández en su programa de Radio Nacional 'No es un día cualquiera', en el que Íñigo colaboraba. La periodista explicó que llevaba «quince días malito, entrando y saliendo del hospital». El día anterior le había confesado que ya no tenía fuerzas. Su viuda, Pilar Piniella, desveló en la capilla ardiente instalada en el tanatario de Alcobendas que padecía cáncer desde hacía dos años: «Se ha muerto como él quería, durmiendo. No se ha enterado».

Íñigo jamás se apartó del micrófono. Se aventuró en todo tipo de medios y formatos. Reinó en la televisión única con programas que hicieron de él un icono de la Transición: 'Directísimo', 'Esta noche... fiesta', 'Fantástico'... Presentó informativos, espacios musicales, de viajes y de gastronomía, la gran pasión de sus últimos años, compartida con su hija Piluca. Supo reinventarse y se adaptó a los tiempos de Instagram y Twitter, donde daba rienda suelta a su faceta cascarrabias.

Profesional riguroso y exigente, encontró en Eurovisión la excusa para seguir en los hogares

José María Íñigo se marchó de Bilbao a los 26 años con hambre de modernidad, pero siempre acababa volviendo. Su padre trabajaba como eléctrico en el teatro Arriaga, lo que le permitió desenvolverse desde pequeño en el mundo del espectáculo devorando zarzuelas desde las bambalinas. Saber inglés, que estudió de manera autodidacta desde los 12 años, le abrió pronto muchas puertas.

A los 15 se puso por primera vez delante de un micrófono en Radio Bilbao. Los viajes a Londres le empaparon de sapiencia musical y le sacudieron la caspa de la España franquista. Acumuló 15.000 discos. Siempre decía que la única penuria que había sufrido en su vida fue el frío que pasó en la mili en Pamplona. A su vuelta, se dejó un inconfundible bigote copiado de John Lennon.

Escribió y editó revistas musicales, consagrándose a nivel popular gracias a 'El Gran Musical'. En 1969, conduce en Televisión Española, de la que nunca quiso ser empleado fijo, 'Ritmo 70', dirigido por Pilar Miró. Un año más tarde ya está al frente de 'Estudio abierto', donde alternaba entrevistas, reportajes y actuaciones en directo.

Íñigo patentó un estilo de presentar elegante, calmado, con un resabio de ironía y una capacidad de dar espectáculo sin caer en la vulgaridad. Eran tiempos en los que sus invitados acaparaban al día siguiente todas las conversaciones del país. Departía con tacto con una Rita Hayworth que empezaba a tener síntomas de alzhéimer, aunque el periodista aseguraba que ella había bebido: «Corté la entrevista para no destrozar el mito». Con Uri Geller, un charlatán israelí, consiguió que toda España se pusiera a frotar cucharas. Nunca se alteraba, jamás cayó en la provocación.

Entre sus hitos, entrevistar para el programa 'Aquí, España' durante una hora al futuro rey Juan Carlos en un banco del jardín del Palacio de la Zarzuela. Su nómina de invitados abruma: Anthony Quinn, Neil Armstrong, Catherine Deneuve... En el cénit de su popularidad, le llegaban cartas de toda España en las que ponía simplemente «Íñigo». Cuando dejó de estar en el 'prime time' no se le cayeron los anillos. Aceptó el reto de ser domador en el circo de Ángel Cristo y perdió 22 kilos en tres meses en el reality 'Supervivientes'. Escribió libros y editó revistas de vinos, viajes, hoteles...

Periodista pop

«En la tele no me pilló una buena época, no eran tiempos de ganar dinero, qué pena», lamentaba hace unos años. «He tenido que trabajar siempre para poder vivir». Nada que ver con los sueldos millonarios que hoy cobran los grandes de la pequeña pantalla. «Si se lo pagan seguramente será porque son rentables», justificaba.

José María Íñigo fue también el presentador pop por excelencia de nuestra televisión gracias al vanguardista 'Último grito', donde coincidió con Pedro Olea e Iván Zulueta, que le dirigió en la loquísima 'Un, dos tres... al escondite inglés'. El periodista era tan popular que hasta le ofrecían películas como 'Terapia al desnudo', una comedieta de Pedro Lazaga donde hizo lo que pudo. Álex de la Iglesia le pidió que hiciera de sí mismo en 'Muertos de risa'. «Fue grande y generoso. Durante mucho tiempo fue el más moderno», piropea el director.

Colaborador en un sinfín de programas de cadenas privadas, públicas y autonómicas, premio a una carrera de la Academia de Televisión en 2011, Íñigo encontró en el Festival de Eurovisión en los últimos años la excusa para seguir presente en nuestros hogares, ya sin peluquín. Era un profesional serio y accesible, riguroso y exigente, que desgranaba una anécdota tras otra con la capacidad de quien ha estado siempre en todos los sitios. Casado en dos ocasiones, era padre de cuatro hijos.

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