INIESTA

CARLOS SANTAMARÍA - ANECDOTARIO

Ojalá pueda ser un gran futbolista para que mi padre deje de ser albañil». Así hablaba Andrés Iniesta con 12 años cuando empezaba a despuntar en aquellos torneos juveniles que se organizaban en Brunete y en los que ya se veía que el brillo de su piel blanca era el resplandor de un diamante de Albacete. Ahora se marcha a China y a los amantes del fútbol patrio nos deja un hueco imposible de llenar, un vacío raro y repentino como los que aparecen en casa cuando mueves de sitio uno de esos muebles que han estado ahí toda la vida y descubres que la pared era de otro color. Iniesta se va casi en silencio, sin estridencias, con la discreción y la honradez que tienen los grandes genios. Se larga Iniesta haciéndonos una finta imposible igual que las paredes y regates de 'Óliver y Benji' que ha trazado tantas veces en la frontal del área. Disfruta de China, Andrés, mete goles, vende vino, sé tan feliz como nos hiciste a nosotros.

En España ha habido muy poca gente capaz de lo que ha logrado Iniesta, que es ponernos de acuerdo a todos, a los de todas las edades, a los de todos los equipos, a los de todas las regiones. Quizás solo Rafa Nadal y él han conseguido que este país nuestro en el que estamos desde hace siglos como en el cuadro de Goya, moliéndonos a garrotazos y cosiéndonos a puñaladas, dejásemos de acuchillarnos por un rato para aplaudir al unísono.

Iniesta metió el gol del mundial y firmó en esos segundos una página en la memoria colectiva de España que hasta entonces estaba teñida de malos recuerdos como el 23F o el 11 de marzo. Andrés fue para nosotros lo que el Apolo 11 para los estadounidenses; igual que todos los americanos saben dónde estaban y qué hacían el día que Neil Armstrong puso sus pies en la Luna, aquí siempre recordaremos aquel gol que también nos llevo al cielo. Marcaste tú Andrés, y en medio de aquel delirio te acordaste de Dani Jarque, tu amigo muerto. Nosotros saltamos, lloramos y gritamos, y aunque dimos aquellos abrazos locos a nuestros familiares, a nuestros amigos y al desconocido de la mesa de al lado, la verdad es que todos te abrazábamos a ti.

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