CUANDO EL INGENIO SE HACE PINTURA

CRÍTICA DE ARTE ALBERTO PIZARRO

La exposición que nos ofrece la sala Amós Salvador hasta el 12 de noviembre quizá sea más para aficionados a la paradoja, al humor inteligente, a los personajes complicados, que para los amantes de los bellos paisajes o los inspirados interiores con figura. Su autor, en los papeles oficiales Andrés Rábago, nació en Madrid en 1947; es decir, le tocó el franquismo y lo que vino y devino. Sin embargo, en los libros, periódicos y revistas firmó como OPS y El Roto.

Unos cuantos aforismos del artista nos invitan a leer no más entrar en la sala. Vienen a explicar la doble militancia en la sátira gráfica y la pintura de caballete, la necesidad de mostrar la dualidad de lo aparente, y a dar titulo una exposición que juega con las palabras: «De lado a lado/Del lado alado».

La obra gráfica, tinta china y acuarela sobre papel, la firma El Roto. Y la pictórica -óleo sobre lienzo, de inspiración surrealista y metafísica, sin complicaciones compositivas en cuanto a color, con un dibujo que en poco sobrepasa al boceto, y con un deleite especial en el tratamiento de las sombras- lo rubrica con el nombre que, supongo, figura en el carné de identidad y en la cuenta bancaria.

Nuestro artista tuvo su primera escuela en 'La Codorniz' , donde le dieron las primeras leches -nutricias, y de las que enderezan y enrumban- Tono, Azcona, Mingote, Gila, Forges, Chumy Chúmez, Máximo y Perich, entre otros maestros de la inteligencia gráfica, convirtiéndole, por adición a lo que llevaba de natura y de casa, en uno de los grandes de las viñetas periodísticas. Y aunque en otros periódicos y revistas aprendió latín -de ése que nos sale en la conducta o se escribe con muy pocas palabras y en castellano-, nunca llegó a considerarse un dibujante humorístico, pero sí extremadamente peleón y afiladamente sarcástico.

Quien acuda a ver cómo se complementan las obras del dibujante con las del pintor hágalo pensando que la digestión -o mejor, el paladeo- le va a durar horas tras salir de la sala, y que sacándole el jugo a la exposición quizá se saque a sí mismos los colores. Porque in situ sentimos la emoción del descubrimiento, y el placer de mirar nos despierta inmediatamente el deseo de comprender. Tras la sencillez de la representación material atisbamos hartos significados, argumentos de todo tipo. De ahí que las obras no puedan comprenderse sin saber algo de la vida de su autor, de tener una pista de dónde tenía puesta la conciencia, qué le roía por dentro o le reía por fuera, en el momento que las abordó.

A quien no le baste con lo antedicho tiene a su disposición un bello catálogo, en el que Julio Hontana bucea exegética y filosóficamente en la obra de tan heteróclito personaje, y otros tres espadas -Hdez. Cava, Andrés y Fandiño- hablan de él como si lo hubieran parido. Y digo espadas porque las cosas de nuestro artista tienen a veces una lidia intelectual complicada.

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