IMPONENTES CEBADAS

BARQUERITO - CRÓNICA DE TOROS

Primero fue la euforia propia de la gente de sol en la tarde del regreso de las peñas a los toros. La larga marcha por la calle Estafeta, el ritual desfile carnavalero, pancartas bien pintadas, roncas charangas, cánticos varios, la alegría incontenible y contagiosa de cualquier 7 de julio en Pamplona. San Fermín. Luego, y media hora antes de empezar la fiesta, el sol ya casi lleno, el concierto coral de las 6, que no agotó ni el viejo ni el nuevo repertorio, pero se dejó sentir muy entonadito. En gala de chaqué y sombrero de copa, apareció a y media en el palco presidencial el señor alcalde. Se pronunció en ruidoso plebiscito la inmensa mayoría, porque en Pamplona cabe todo menos la indiferencia. Fueron bastante más los pitos que las palmas. No cabía un alfiler. No corría ni gota de aire. Un implacable bochorno que fue poco a poco diezmando las fuerzas y el entusiasmo de todo el mundo, de los de sol y de los de sombra.

Fue la corrida de Cebada Gago de más cuajo, cara, edad y romana nunca vista en Pamplona. Dos toros por encima de los 600 kilos. Los otros cuatro dieron de promedio 560. El quinto de sorteo, cornalón, se tronchó el cuerno derecho al rematar antes de varas en un burladero, no perdió ni el cuerno ni el pitón ni la funda, pero sangraba y fue devuelto. No se soltó el primer sobrero sino el segundo, del hierro de García Cebada. Fue casi tan descarado como el que más, pero no llegó ni a los 500 kilos. El efecto óptico de los volúmenes se hizo notar. Tanto el sobrero como el resto de corrida, salvo los dos primeros, fueron cinqueños. Llamativamente alta de cruz, sin contar el sobrero, la corrida tuvo mucha plaza. Nadie se la esperaba de tales dimensiones. El sexto no fue el más armado pero sí el de más serio remate. Tremendo. Levantado y encampanado, fue, sin embargo, el que más y mejor se empleó en el caballo y, por la mano izquierda, descolgó con claro son. Cárdeno carbonero, caribello, frondoso y largo, contará entre los más hermosos de la Feria del Toro. El cuarto, bizco del derecho, lució un garfio izquierdo escalofriante. El propio sobrero fue de armas tomar: corto de cuello, una ganzúa el cuerno derecho. Segundo y tercero tuvieron escaparte imponente. El primero, de pinta melocotón, alto y relleno, muy cabezón, no fue tan ofensivo como los otros, pero no dejó de serlo. Sin ser corrida de pinturas de guerra, no fue para nada sencilla. Defecto común de los tres primeros fue el cabecear; el cuarto, revoltoso, salió gazaponcito; el sobrero pegó trallazos; el sexto fue, con toda su estampa monumental, el de mejor trato. Juan Bautista cumplió con su reconocido oficio. Lidia serena del melocotón, que después de rebrincarse se aplomó, y, perdiendo pasos al cuarto, una faena metódica en la que el toreo de castigo, bien dibujado, fue de alivio y de segura autoridad. La estocada, extraordinaria, tumbó sin puntilla al toro. Dispuesto y firme, Javier Jiménez se las vio con un segundo que pegó taponazos y con el violento sobrero, que se paró. El hombre de la tarde fue Román. Lo fue con el tremendo sexto, que lo sorprendió por sistema, pero Román no volvió la cara. Tardó en ponerse por la mano buena del toro, la izquierda, y por ahí cobró los tres mejores muletazos de la tarde, la tanda de mayor hondura. Gustó su manera de estar y componerse sin arrugarse, su desenfado proverbial.

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