IDENTIDAD

Ilustración de Gustave Doré sobre el Quijote./
Ilustración de Gustave Doré sobre el Quijote.

«¿No sería más justo, más feliz nuestro mundo, si el núcleo irradiador de nuestra identidad, de nuestras relaciones, fuera el amor a la persona, a las personas, por encima de todo otro interés?»

IGLESIA

El pasado sábado, en un diario de nuestro país, aparecía una entrevista con el escritor Salman Rushdie (Bombay, 1947), en la que, entre otras cosas, afirmaba: «Vivimos una época en la que se ha colocado una carga sobre la palabra identidad».

Es cierto. Y no solo sobre la palabra, también sobre la realidad que la palabra identidad entraña. Si en todo tiempo el ser humano ha estado preocupado por saber quién es y qué hace aquí en la tierra, en estos momentos de movilidad global acelerada, la preocupación crece a la misma velocidad.

Fluctúan las fronteras geográficas e ideológicas, se tambalean muchos de los valores asentados tradicionalmente, las promesas dadas y los compromisos adquiridos se quebrantan sin reparos, las fidelidades más sagradas se traicionan sin el mínimo escrúpulo; la inestabilidad residencial, la precariedad vital, laboral, familiar, es constante. ¿Cómo no va a preocupar la identidad personal y social, si todo alrededor se mueve vertiginosamente?

El poeta de Moguer, siempre a vueltas con su identidad, distinguía entre su yo visible y su yo misterioso. Este permanece a nuestro lado, olvidado a veces y visitado otras. Y, sin embargo, es el que serena, perdona, llega a los ámbitos a donde no llegan nuestros pasos, y el que vencerá a la muerte cuando llegue: «Yo no soy yo. Soy este / que va a mi lado sin yo verlo: / que, a veces, voy a ver / y que, a veces, olvido. / El que calla, sereno, cuando hablo, / el que perdona, dulce, cuando odio, / el que pasea por donde no estoy, / el que quedará en pie cuando yo muera».

Es irónicamente significativo que un personaje de ficción, D. Quijote de la Mancha, afirme (cap. V) con rotundidad: «Yo sé quién soy». Y continúe afirmando, ante la incredulidad del labrador Pedro Alonso: «Sé que puedo ser, no solo los que he dicho sino todos los Doce Pares de Francia, y aun todos los nueve de la Fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por sí hicieron se aventajarán las mías».

El hidalgo, pródigo en nombres, no fía su identidad al pasado ni al presente, sino al futuro, a las proezas que le esperan, a las aventuras que sueña con acometer. Su identidad es la de los sueños.

No es fácil descifrar el enigma de la identidad. Y, sin embargo, la realidad más humilde nos depara a veces sorpresas valiosas, respuestas claras a los problemas más oscuros.

Hace unos días, me crucé en la calle con un hombre, joven aún, que iba hablando por el móvil, lo suficientemente alto como para que se le oyera con claridad lo siguiente: «Soy el padre de Carmen».

Estaba tratando de identificarse ante su interlocutor y a fe que supo hacerlo. Este hombre sabía quién era y sabía presentarse en lo que era. No tenía dudas, no andaba agobiado preguntándose cuál sería su verdadera identidad. Él lo tenía claro y lo quería dejar claro: «Soy el padre de Carmen».

No apelaba a su oficio, a sus titulaciones, a su ideología, a su edad, a su poder adquisitivo, a su salud, a sus méritos. Nada de eso. Su manera de hacerse conocer, de presentarse era la familiar, la dadora de vida, la cuidadora, benéfica, servicial; la que protege, se preocupa, acompaña, está pendiente de las personas a las que quiere.

No necesitaba más, lo tenía claro. Ser padre y ser tal padre era el sentido de su vida, su vida misma, su genuina y cabal identidad, su papel en el mundo. Y no añoraba otro. Este era su presente y su futuro. No sentía nostalgia de edades pretéritas, no apetecía otras hazañas, no invocaba otro sueño.

Ni siquiera decía su nombre. El de su hija sí: Carmen. Y qué nombre tan bello. Bello, por ser el de ella, por llevarlo ella, por llenarlo ella con su ser único. Significa 'jardín', en hebreo; viña, en árabe; 'poema', en latín. Mas para él, no había viña, jardín o canto como ella, su hija.

¿No sería más justo, más feliz nuestro mundo, si el núcleo irradiador de nuestra identidad, de nuestras relaciones fuera el amor a la persona, a las personas por encima de todo otro interés? «Soy el padre de Carmen». ¿Se necesita más?

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