HERMOSA FAENA DE ANTONIO FERRERA

BARQUERITO - CRÍTICA DE TOROS

Sin ser una de tantas, la corrida de Cuvillo fue la menos vibrante, armada o guerrera de todas las jugadas en la octava de San Fermín. Tres toros cinqueños, dos de ellos juntos en el lote de Talavante, buenos los dos sin entrar en detalles. Cinqueño también el primero de los seis, de dislocadas hechuras, aire de toro viejo, vareado, flacote, estrecho, acaballado, descarado. Casi 600 kilos que parecían escondidos en gruesa badana. Un toro distinto. De los que ya no se ven.

Esa tanda, meritoria por paciente, templada y sabia, fue anticipo de lo que iba a venir tres toros después. Pues fue con el cuarto de Cuvillo, el mejor hecho de los seis, cuando Ferrera se puso a torear con gozo real y no fingido ni impostado, y cuando la cosa toda tomó vuelo rampante.

El segundo de corrida se encogió sin llegar a afligirse y fue, por eso, toro a menos. Talavante le hizo unas cuantas perrerías pero sin asomarse a la boca del lobo ni meterse en el vientre de la ballena. Tampoco fue cosa de pasar el rato. El pulso de una tanda de hasta siete ligados con la zurda fue de firma y rúbrica. Todo lo que vino después, empezando por el toro, supo a poco o nada. Una estocada caída y rodó el toro sin puntilla. Una oreja flojita. El tercer cuvillo, de ancho balcón, enlotado con un sexto que fue el único de la semana no justo de trapío sino carente de él, se blandeó en varas, se dolió en banderillas y rompió en aire geniudo, rebrincado, muchos cabezazos. En tarde revuelta se levantó viento bastante como para tenerse mal los engaños. Se descompuso un poco el toro y Ginés Marín, sereno trasteo, mató en los bajos.

Con el cuarto cuvillo, a la intempestiva hora de la merienda sanferminera, se vivieron los momentos más plenos. Ferrera firmó en el recibo media verónica excelente, banderilleó con facilidad y ganas y, sobre todas las cosas, decidió vaciarse sin esfuerzo en una faena de rico trazo, lindo poder, temple de torero puesto, despacioso gusto y largos recursos. A más el trasteo todo, cumplido en tandas de muchas variaciones. Es mejor el Ferrera a pies juntos que el despatarrado. En cualquiera de las dos formas, toreo embraguetado y despacioso.

Bonita la manera de tener Ferrera el toro en la mano sin perderle la cara ni abandonarlo. La gente dejó de merendar. No todos. Se corearon los pasajes a cámara lenta, Antes de la igualada, un aviso. Pasó el tiempo sin sentirse, pero pasó. Prisas. Media estocada defectuosa, trasera. El toro no se echaba. Al primer golpe con el verduguillo en falso, el toro se arrancó en arreón y se llevó a Ferrera por delante. La voltereta fue terrible. Ferrera cayó sobre el lomo del toro y a plomo luego y de espaldas al suelo. Todo el mundo al quite, Ferrera en manos y brazos de la tropa. Hasta que, de nuevo en pie, volvió a la cara el toro, que rodó al segundo descabello. El palco le negó a Ferrera una oreja de petición más que suficiente y, además, muy bien ganada. La vuelta al ruedo fue clamorosa.

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