Haciendo de las piedras poesía

Miguel d'Ors, ayer en la Casa de los Periodistas. :: Miguel herreros/
Miguel d'Ors, ayer en la Casa de los Periodistas. :: Miguel herreros

«Hoy día hay mucha 'parapoesía', pero la poesía seria es bastante marginal», afirma en Logroño el poeta gallego Miguel d'Ors cerró las XX Jornadas con 'un poco de memoria y otro poco de sueño'

J. SAINZ LOGROÑO.

«Miguel d'Ors es una muchedumbre peleada». Eso es lo que responde el propio Miguel d'Ors al ser preguntado -más o menos a traición- sobre quién es Miguel d'Ors al cabo de medio siglo de poesía. El poeta gallego (Santiago de Compostela, 1946), escritor y profesor, pero no filósofo -como por error lo presentaba ayer este mismo periodista-, prefiere, en efecto, no filosofar demasiado y contesta a la prensa con pies de plomo: «No sé si la poesía me ha ayudado a construirme a mí mismo, como dice [Eloy Sánchez] Rosillo. Para mí no es algo tan trascendente. Claro que hay una poesía del pensamiento, pero yo creo que el poeta tiene que hablar de cosas concretas: de agua, de peces y de piedras...»

Esa muchedumbre interior le habitaba ya de joven al autor de 'Ciego en Granada' (1972), que así escribía: 'Es una cosa extraña ser poeta,/ es una cosa extraña sentir la propia vida/ llena de muchedumbres,/ escuchar en el propio canto todos los cantos/ y cotidianamente/ morir un poco en todo lo que muere (...)'.

Ayer en Logroño, donde clausuró las XX Jornadas de Poesía en Español, este poema debió de parecerle a su autor muy lejano y próximo al mismo tiempo: '(...) Es una cosa extraña: ser poeta/ es convertirse en tierra para entender la lluvia,/ es convertirse en hoja para saber de otoños,/ es convertirse en muerto para aprender de ausencia.'

Ayer en Logroño este poema era uno de los reproducidos por Raúl Eguizábal en una plaquette titulada con toda intención 'Un poco de memoria y otro poco de sueño'; el verso del poeta argentino Ezequiel Martínez Estrada es a buen seguro la etiqueta que d'Ors acepta de mejor grado para su obra, inetiquetable pero encuadrada en principio en la llamada 'poesía de la experiencia'.

«Cuando empecé a escribir poesía en los sesenta estaba acabando la época de la poesía social y comenzando la de los Novísimos -recuerda- y a mí ninguna de las dos me interesaba tanto como para abrazarla para toda la vida. A los veinte años te tomas esto como un sacerdocio. Y yo, pensando así, preferí recuperar un sentido clásico de la poesía, una poesía intimista, la poesía del yo».

Ahora, al cabo de toda una vida, al cabo de tantas experiencias recordadas y tantas otras soñadas, al cabo de «cuanto más vas sabiendo de una cosa más te das cuenta de todo lo que te queda por aprender», al cabo de una veintena de libros, algunos premios y jornadas como la de ayer, d'Ors sigue practicando a su manera esa forma de artesanía del lenguaje y las emociones llamada poesía: «Soy un aprendiz vitalicio. Es cuestión de oficio. No es distinto a la música aunque el lenguaje sea algo que usamos a diario. El poeta trabaja como un carpintero o como un relojero, esforzándose en establecer un mecanismo que funcione».

¿No se presta eso al intrusismo? Quizás no sea 'intrusismo' la palabra correcta en un mundo libre como el de la poesía, pero... «Hoy día hay mucha 'parapoesía' hecha por gente con muy poca cultura literaria y quizás también de la otra: poemas cortitos para las redes, esa moda de los haikus y el rap, que yo llamo rip, porque es una apología del ripio, e incluso cantantes... A Bob Dylan le han dado el Nobel. En cambio, la poesía seria sigue siendo bastante marginal».

Marginal o no, Miguel d'Ors tiene al menos una manía romántica: 'Pienso, cual tú, que una oda sólo es buena/ de un billete de Banco al dorso escrita'. Esta cita de Bécquer encabeza 'Versos d'Orsales', un poema reciente e inédito que habla mejor de él incluso que él mismo: 'De billetes no digo,/ que no está el tiempo para bromas, pero/ yo escribo mis poemas siempre al dorso/ de las informaciones que me remite el banco./ Devoción a los árboles, cuidado del planeta,/ capa de ozono, etcétera. Y, de paso, una forma/ de redimir la negra prosa capitalista/ con unos suspirillos, aunque no sean germánicos'.

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