EL GRAN INVENTO

CARLOS SANTAMARÍA ANECDOTARIO

E l año 1968 fue convulso y apasionante: Vietnam ardía entre llamas de tristeza y de napalm, los jóvenes parisinos levantaban adoquines, Van Morrison publicaba su 'Astral Weeks', los Beatles el 'Álbum Blanco' y en los cines se proyectaba '2001, Una odisea del espacio'. En medio de esta revolución, aquí estrenábamos 'El turismo es un gran invento'; España era diferente. La película mostraba cómo en las playas ibéricas empezaba a consolidarse el fenómeno del turismo y, a la vista del beneficio que producía, se iba narrando en todo de comedia el empeño infructuoso de un alcalde (Paco Martínez Soria) obcecado en convertir a su pueblito de Aragón en un gran foco turístico. Eran los años en los que Alfredo Landa se hizo amigo de las suecas y todo el mundo pareció encantado por tan prometedora alianza de civilizaciones. Ha pasado casi medio siglo y aquí seguimos igual, porque España permanece instalada en esta interminable Edad de Oro con aromas de sangría y protector solar.

Hace unos días los vecinos de Barcelona dijeron que el principal problema que ataca la vida de su ciudad, por encima del paro, la corrupción o la inseguridad, es el turismo. La crítica de Barcelona no es nueva, esto se denuncia desde hace tiempo en otros destinos masificados como Venecia, Roma, Londres, Ibiza o París. Esta queja dibuja los límites de un modelo que terminará por agotarse, porque la industria de los viajes se ha convertido en un negocio tan inmenso que arrasa con pisadas de gigante cualquier lugar de moda. Uno pasea por Santorini y se encuentra el mismo ambiente que en Conil, donde se venden idénticas tarrinas de helado que en Cabo San Lucas, y en Torrevieja los puestecillos de artesanos ofrecen similares collares y pulseritas de cuero para las riadas de gente que pasea. Aún hay sitio para el viajero intrépido que algunos llevamos dentro, el que -como decía Robert Frost- ante dos senderos siempre elige el menos transitado, pero los grandes destinos han perdido parte de su alma original y a ratos son parques temáticos para familias, viejas ciudades de piedra que parece cartón piedra. El turismo es un gran invento, tanto que uno de los souvenirs más vendidos en Barcelona es el sombrero de charro mexicano.

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