GENTUZA QUE MATA PERROS

CARLOS SANTAMARÍA - ANECDOTARIO

Ron era un yorkshire que murió tras comer veneno en Valdegastea, y en Varea aparecieron diez gatos muertos hace semanas. A Aria, una preciosa loba checa, la envenenaron en la zona del Batalla de Clavijo. Cuesta imaginarse a esos miserables preparando sobre la mesa de la cocina las bolsas de pienso con veneno, cortando en silencio unas salchichas y atravesando los trozos de carne con agujas y alfileres. Qué vida más triste. Que cobardía. A Chéjov también lo envenenaron en Logroño. Fernando, su dueño, escribía en redes sociales que el perro era "un ángel que no causó ni daño ni molestias a ningún ser vivo en su corta vida". Los que han acabado con estos animales también han matado un poco a sus dueños.

Las mascotas forman parte de las vidas de muchos de nosotros: Roy era un perro muy noble al que abrazábamos de niños y jugábamos a torearlo en la huerta. El bueno de Roy lo aguantaba todo con esa paciencia que tiene el que cuida a los cachorros, que entonces éramos nosotros. Iru era un cazador soberbio. De viejo acabó sordo y se sobresaltaba cuando le hacíamos una caricia y no nos oía llegar. O Buma, una perra cariñosísima a la que le encantaba que le diéramos nueces para abrirlas con sus dientes y comerse luego el fruto.

Quien ha tenido perros o gatos conoce su fidelidad y afecto, esas miradas y actitudes que a veces parecen casi humanas. Una mañana mi padre salió a cazar con Iru, aquel viejo perro sordo. En mitad del campo Iru hizo una muestra marcando una pieza que estaba cobijada en un rastrojo. Mi padre preparó la escopeta y le indicó que la atacara para que echase a volar, pero el perro no se movía. Iru miraba al rastrojo y luego a mi padre. Así pasaron un rato, interrogándose el uno al otro hasta que al fin el perro regresó con su amo abandonando el botín. Cuando mi padre se acercó al rastrojo vio por qué Iru no había querido atacar: la codorniz estaba con sus polluelos. Mi padre acarició la cabeza de aquel braco extraordinario y se fueron los dos en silencio por los campos de cereal. Delibes dedicó uno de sus libros a sus perros de caza. Algunos entendemos el motivo

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