GATO POR LIEBRE

CRÍTICA DE MÚSICA - EDUARDO AÍSA

Con las ganas que tenía yo de escuchar la famosa Sonata Arpeggione, compuesta por Schubert para ese extraño instrumento mezcla de guitarra y chelo inventado por Staufer que no tuvo fortuna en el mundo musical. Es una obra de rica melodía y notable desarrollo -unos treinta minutos- que hoy se toca a violonchelo y piano o en arreglo para viola y cuerda (que supongo era la programada) o violonchelo y cuerda. Por lo que sea esta obra se ha descolgado del programa y ha sido sustituida por otras tres, creo yo que con poca fortuna.

Daba comienzo el concierto con la Pequeña Serenata Nocturna de Mozart que es un encanto y una perfección, pero está bastante gastada de tanto usarse (algo parecido a 'La donna è mobile' del Rigoletto de Verdi, cantada hasta la saciedad), así que parece un desperdicio traer a unos artistas tan excelentes para tocar lo de siempre, aunque lo hicieran muy bien. Seguían unas anodinas Dos melodías nórdicas Op. 63 de Edvard Grieg, para completar la primera parte con el Concierto en la menor para viola y cuerda de Niccolò Paganini, donde pudo desplegar Yuri Bashmet su categoría y virtuosismo a la viola, aunque la obra no tenga un gran valor musical y se queda en poca cosa comparada con sus propios conciertos para violín en los que hay verdadero fuego en la escritura para el instrumento rey de la cuerda, del que Paganini era un diabólico dominador.

La segunda parte sí fue la anunciada, comenzando con el encantador Nocturno en re menor Op.19 de Tchaikovsky en versión para viola y cuerda, para dar paso a la gran obra del programa, la imponente Serenata para cuerdas de Tchaikovsky, seguramente la obra cumbre para este formato de orquesta de cámara, con un lenguaje casi sinfónico de gran aliento y enorme dificultad.

Aquí sí pudimos disfrutar de verdad de la elevada calidad de este grupo camerístico ruso, enérgico y preciso en el monumental primer movimiento, grácil y elegante en el célebre Vals, íntimo y sensible en el bellísimo Larghetto elegiaco y arrebatador en el enérgico Tema ruso final. Un goce completo.

Me gustó más Yuri Bashmet como violista que como director, obtiene un sonido espectacular de su precioso instrumento, con unos graves impresionantes y una gama de agudos de gran belleza, además del virtuosismo indudable en los pasajes de más dificultad. Su grupo Solistas de Moscú es de un brillo sensacional y por eso lamento el programa elegido que no hace justicia a sus extraordinarias cualidades. Se queda uno con la sensación de que se les ha desperdiciado en buena parte del concierto. Dos espléndidas propinas dieron final al concierto entre los aplausos del público.

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